Desde que el intelectual Javier Sicilia –ya fuera en un acto espontáneo o en una decisión calculada con frialdad y planteada con rudeza– exigiera la dimisión de Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, lo envuelve el halo de la suspicacia, de la indecisión.

El atribulado ingeniero tiene una preocupación más: las páginas de El último narco, el libro escrito por el periodista inglés Malcolm Beith que tiene como protagonista a Joaquín Guzmán Loera, pero que indirectamente da cuenta de una década de fracasos de las policías mexicanas para combatir al crimen organizado.

El antagonista de El Chapo, desde luego, es el secretario García Luna, uno de los servidores públicos más reconocidos por el gobierno calderonista, quien –sin embargo– resulta severamente cuestionado en esta obra, cuya versión en español comienza a circular apenas.

Originalmente, El último narco fue escrito en el idioma nativo de su autor, por encargo de Penguin Books Ltd, cuyos editores buscaron, apenas superado el primer tercio del sexenio, a alguien que escribiera sobre el Estado fallido que podría ser México.

Beith llevaba un año como jefe de información de The News, el único diario en inglés que se edita en la ciudad de México.

Ya había escrito sobre la realidad mexicana para el semanario estadounidense Newsweek y se había interesado en los temas ligados a la inseguridad y al narcotráfico después de entrevistar al alcalde priísta de Tijuana, Jorge Hank Rhon.

Con una extensa red de contactos –entre los que se incluyen periodistas, oficiales del gobierno federal, fuentes de la DEA retiradas y en activo, además de presidiarios y criminales que aún están en las calles– el periodista se dio a la tarea de perseguir un imposible: una entrevista con El Chapo Guzmán.

Obviamente no la consiguió. En cambio, pudo armar un retrato realista y sin dramatismo de la realidad mexicana, que ahora aparece bajo el sello de Ediciones B.

Una fotografía no exenta de errores e imprecisiones: en un capítulo central del libro -la fuga del Chapo Guzmán del penal de máxima seguridad de Puente Grande, justo hace 10 años– se cita incorrectamente el nombre del Gobernador de Jalisco. Pecata minuta.

No obstante, otras partes del libro del periodista británico son estrujantes. Allí está, por ejemplo, el capítulo en el que reconstruye la emboscada que sufrió el comandante Édgar Millán Gómez la noche del 8 de mayo del 2008.

Líder del comando de la Policía Federal que había tratado de atrapar a Arturo Beltrán Leyva, Millán Gómez fue acorralado en su casa por cuatro asaltantes, ante quienes no se arredró.

¿Quién los envió a matarme? , inquirió a sus atacantes antes de caer abatido. Llegó al hospital con nueve balas alojadas en el cuerpo. No sobrevivió.

Al final de El último narco, Beith desliza la versión –no desmentida por autoridad alguna– de que habrían sido integrantes de la misma Policía Federal sus agresores. Y, por añadidura, surge la duda si los seis compañeros de Millán Gómez, también asesinados por esas fechas, fueron traicionados.

Beith sostiene que los esfuerzos para reaprehender al líder del Cártel de Sinaloa penden de un hilo por la ineficiencia y la falta de coordinación de los cuerpos policiacos mexicanos.

Y sobre Genaro García Luna –apunta– pesa una enorme desconfianza.

La DEA tiene sus dudas sobre García Luna , escribió, inclusive el jefe de Inteligencia de la DEA, Anthony Placido, ha expresado sus preocupaciones sobre el hecho de que ‘constantemente se menciona que varios de los socios más cercanos del secretario García Luna podrían estar mezclados con grupos delictivos, como los Beltrán Leyva’ García Luna ha sido acusado de simular la batalla con los narcotraficantes, no de librarla. También se ha dicho que pelea la guerra con una meta: consolidar el poder del cártel de El Chapo .

En este tramo de su libro, se materializa el lado b del Secretario de Seguridad Pública.

En la Presidencia de Felipe Calderón, García Luna se comprometió a persistir en la caza de El Chapo. En entrevistas, se mostraba directo y honesto. Los que han trabajado con él dicen que es afable y franco. Pero tiene otro lado. Dirige su estrecho círculo interno como un feudo personal. Cualquier error puede tener consecuencias fatales. Es controlador al punto de que no tolera desacuerdos, ni de sus asistentes más próximos. Quienes han trabajado con García Luna dicen que sus pocos leales están completamente paranoicos .

Beith se refiere a los roces constantes entre García Luna y el exprocurador Eduardo Medina Mora, quien era un jefe más comprensivo. No es policía, sino Procurador, de modo que sus intereses están en el Derecho. Es conocido por su pensamiento estratégico. Es cauteloso con la vida de sus empleados y tiene mucha influencia .

Calderón decidió que García Luna estuviera a cargo de la lucha contra las drogas –resume– pues era su mano derecha .

Y sentencia:

Los críticos dicen que dar a García Luna el control total fue un error fatídico: es crucial que las dependencias cooperen. García Luna es reacio a compartir su información y recursos en la guerra contra las drogas porque perdería poder en el juego, según un académico que ha cumplido funciones de asesoría para el Jefe de la policía .

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