El pasado 20 de diciembre, el cardenal Norberto Rivera (1942) hizo declaraciones donde afirma que la Iglesia no se opone al uso de la mariguana médica y de manera abierta cuenta como, cuando era niño, las familias de su pueblo la utilizaban para aliviar el cansancio. Su intervención hace avanzar la discusión para aprobar el uso de la mariguana médica. Un personaje de posiciones conservadoras asume en este tema una de avanzada.

La postura más atrasada e incluso anacrónica sobre el caso ahora sólo la sostiene el gobierno federal, que presume de ser liberal y moderno. En los hechos, su visión es otra y está alejada de lo que piensa la gran mayoría de la ciudadanía. Diversos estudios dan cuenta de que casi 80% de los mexicanos está a favor de la legalización y la regulación de la mariguana médica.

Lo dicho por el cardenal reivindica la tradición de la medicina popular que siempre ha utilizado, en México y en el mundo, la mariguana como un medicamento. Lo que sostiene Rivera, sin proponérselo, revela lo absurdo de la decisión prohibicionista y punitiva adoptada por el presidente de Estados Unidos Richard Nixon, después, por la presión estadounidense, los organismos multilaterales y finalmente firmada por los países.

Rivera plantea, con visión humanista, que todo lo que ayude a mejorar la salud y aliviar el dolor debe ser usado por las personas. Es lo que sostiene la ciencia y en particular la medicina como parte de la misma. Claro está que supone responsabilidad y el respeto al marco de ciertas normas. Nadie que está a favor del uso de la mariguana médica está en desacuerdo con esto.

El cardenal con la misma claridad que defiende la legalización y regulación de la mariguana médica se pronuncia en contra de la legalización y regulación del consumo de lo que se ha dado en llamar mariguana recreativa. En este tema, el dirigente religioso asume la misma posición conservadora que el gobierno.

La política prohibicionista y punitiva ha probado de manera clara y contundente que no resuelve el problema social de las drogas sino que incluso lo ha hecho más complicado y causado más daño que antes de la existencia de esta estrategia asumida por los organismos multilaterales y los países. El consumo no ha disminuido y sí ha crecido la violencia.

Ante esta realidad, la Iglesia, con el prestigio y peso que tiene, en defensa de la vida, debería sumarse a las instituciones y personas políticos, académicos, científicos, médicos y cada vez más ciudadanos que buscan un paradigma que sustituya al prohibicionista y punitivo que es evidente ya fracasó. Toda apunta a que ésta es la legalización y regulación de la mariguana. Habría que discutir las modalidades específicas.

[email protected]