Los líderes políticos de Europa están perdiendo rápidamente la confianza de sus electores. Este fin de semana despidieron al Presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y redujeron a actores de reparto a los dos grandes partidos políticos de Grecia; hace poco echaron a los socialistas de los gobiernos de España y Portugal, y obligaron a despedirse del gobierno italiano al inefable Silvio Berlusconi. Hace un poco más de tiempo cambiaron los gobiernos de Inglaterra e Irlanda. Aunque han afectado más a gobiernos de izquierda que de derecha, estos cambios no siguen un patrón ideológico, son más bien resultado de la fatiga y frustración de los electores con el desempeño de la economía.

Aunque la gran recesión terminó hace tres años en EU, los países de la eurozona todavía no recuperan los niveles de actividad económica que tuvieron antes de la recesión en el 2007. La eurozona está de nuevo en un circulo vicioso de austeridad y recesión.

El nuevo presidente francés, Françoise Hollande, ha puesto el dedo en la llaga al exigir que la eurozona defina una estrategia de crecimiento económico. Lo mismo han solicitado últimamente el gobernador del Banco Central Europeo, Mario Draghi; el primer ministro italiano, Mario Monti, y un gran número de líderes políticos y académicos. Hasta ahora la canciller alemana, Angela Merkel, y el poderoso Bundesbank se han opuesto con la titubeante colaboración de Sarkozy en el llamado pacto Merkozy. Merkel está insistiendo en que el nuevo pacto de estabilidad económica y financiera que se alcanzó a finales del año pasado no será revisado. Pero en principio, se muestra abierta a escuchar las ideas del Presidente francés.

Muchos de los problemas económicos de la eurozona se originan por el mal funcionamiento de la moneda común. La eurozona no es una zona monetaria óptima, la economía griega difícilmente funcionaría bien, aun si se manejara apropiadamente, y adolece de rigideces estructurales e instituciones que hacen muy costosos los ajustes de las economías a lo choques económicos. La estrategia de crecimiento económico debe ser integral, apoyada en la solvencia fiscal de mediano plazo, una estrategia de integración fiscal, estabilidad financiera y una política monetaria que facilite los ajuste macroeconómicos.

La situación económica de Alemania y otros países es muy distinta de la que tienen sus socios en la región sur. Alemania tiene una situación de casi pleno empleo y su industria de exportación es altamente competitiva.

En cambio, las economías de Italia, España, Portugal, Grecia tienen altos niveles de desempleo y tipo de cambio real sobrevaluados. Sin una moneda propia que devaluar, sólo queda el difícil camino de la deflación de costos internos para ganar competitividad. Si estas políticas de cambio estructural tienen que llevarse a cabo en medio de una dura política de austeridad fiscal y de recesión global, el resultado es un círculo vicioso.

Hace poco Mario Monti reflejó su frustración cuando dijo: Hemos subido impuestos, aumentado la edad de jubilación, liberalizado mercados y avanzamos en una ambiciosa reforma laboral, pero la economía no crece porque nada de esto generará demanda en el corto plazo . ¿Qué hace falta? Que Alemania estimule un mayor crecimiento de su demanda doméstica por medio de estímulos fiscales, que permita al BCE adoptar una política monetaria más expansiva y que le otorgue un mayor plazo a la consolidación fiscal de las economías de su periferia. Tendrá que soportar durante un periodo una mayor tasa de inflación que el promedio de la eurozona, algo a lo que hasta ahora ha sido renuente.

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