Dos años después del golpe perpetrado por los soberanistas catalanes en septiembre del 2017 contra la Constitución española, la unidad nacional y la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país que se oponen con firmeza a la disgregación territorial de España; los independentistas han llegado a la Diada de este año más rotos que nunca.

La diferente modulación de la respuesta, que previsiblemente será contundente, ante la sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes del procés y la pugna entre las distintas fuerzas políticas, básicamente ERC y Junts per Cat ante unas más que previsibles e inminentes elecciones autonómicas, han hecho del magma independentista un conglomerado heterogéneo en el que difícilmente se puede saber qué cartas juega cada uno de sus actores en cada momento.

Hace ya tiempo que la Diada del 11 de septiembre dejó de ser ese tradicional escenario, en teoría festivo, en el que los independentistas, todos a una, concurrían como una piña para depositar flores en el mausoleo de su ya figura mítica, Rafael de Casanova, y aprovechaban para criticar a los llamados constitucionalistas que, en su mayor parte, nunca concurrían a estos aquelarres so pena de ser increpados, escupidos o abucheados, como les pasaba a los pocos líderes del PP catalán que se atrevían a aparecer por allí.

Hasta el menos avisado se da cuenta de que el secesionismo se halla ya en almoneda; su porcentaje de adeptos va descendiendo, según los datos de la propia Generalitat, y ya no va más allá de 44% de los catalanes. Los adeptos a su causa se hallan cada vez más desmotivados por el espectáculo circense que ofrecen sus líderes, parte de ellos huidos de la justicia y viviendo a cuerpo de rey en Waterloo o Suiza, otros en la cárcel y la mayoría con el filtro declarativo activado, por si acaso terminan en prisión preventiva. La fecha clave para todos es el 16 de octubre, tope para que la sentencia del juez Marchena se haga pública. Hay conciencia general de que será dura. Lo que sí es cierto es que, sea ésta la que sea, sus repercusiones en Cataluña serán como un tsunami político y social cuyos desperfectos son aún difíciles de calcular.

Si miramos al otro lado de la trinchera, el panorama de unidad que ofrecen los constitucionalistas, el gobierno de España en funciones y la oposición no es mucho mejor. En la mañana del miércoles se vivía un durísimo enfrentamiento entre el líder del PSOE y jefe del Ejecutivo en funciones, Pedro Sánchez, y el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, a cuenta del ya famosísimo artículo 155 de la Carta Magna. Este último ha insistido en exigir su aplicación y ha pedido una reunión a Sánchez “mañana mismo” para aplicar el 155 en Cataluña, ipso facto el socialista le ha tachado de hipócrita.

Opina Sánchez, cuya química personal con Rivera no puede ser peor, que el líder de la formación naranja “sobreactúa” y le pide que no dé “lecciones de patriotismo”.

@EuprepioPadula