Todos los conflictos contienen la semilla de la creación y de la destrucción.

Sun Tzu  

Como hemos comentado en anteriores colaboraciones, la polarización de la sociedad, impulsada desde el discurso presidencial lleno de odio, propicia discordia y tensión. Aunado a ello ese discurso ignora la situación económica, de inseguridad, de falta de medicamentos y de salud pública que a todos afecta, lo que se traduce en un caldo de cultivo para una creciente violencia social. Sin tener en cuenta que, en nuestro país, lamentablemente, los conflictos se gestionan con mayor frecuencia de manera violenta. 

Vivimos en una sociedad en la que las controversias o los conflictos no son una excepción, forman parte de la normalidad.

El cotidiano monólogo, lejos de transformarse en diálogo que premie la verdad, que revele la realidad y que permita transformarla para bien o corregirla, aumenta las descalificaciones, las denostaciones, el hostigamiento a los supuestos disidentes y crea más desencuentros y conflictos.

Otro ejemplo de ese nocivo proceder es la nueva sección de las conferencias matutinas del inquilino de Palacio Nacional que pretende desmentir, a juicio del gobierno, lo que se publique en medios de comunicación tradicionales y virtuales, que no le convenga o le desagrade. Con ello se da un paso más en el desencuentro y polarización.

En la referida sección parece no tenerse en cuenta que la libertad de expresión tiene dos grandes vertientes, la opinión y la información, que al gobierno no le corresponde declarar la verdad y que tampoco es tutor del periodismo ni de los usuarios de las redes sociales. Todo indica que su propósito es corregir lo que se dice del gobierno, en vez de corregir los errores de su gestión que afectan a cada vez más mexicanos. Al parecer, de lo que se trata es de aprovechar el escándalo como propaganda política.

Tristemente el Presidente no muestra empatía con ningún sector de la población, sólo consigo mismo, sus causas y sus ocurrencias. Es evidente que tiene la idea de que él es México, el Estado y el Pueblo.

Puede haber a quienes no les agraden las decisiones de otros, sin embargo, ello no significa que se apliquen castigos, se denoste, descalifique o estigmatice. El Presidente, la Jefa de Gobierno y sus correligionarios, han enfilado sus ataques principalmente contra la clase media, debido a que la votación en las pasadas elecciones se tradujo en la pérdida de posiciones de su partido. Esos ataques son en sí mismos actos reprobables de persecución. Se hace caso omiso a la libertad que tiene toda persona de elegir a sus gobernantes, a decidir cómo quiere ser, de establecer sus preferencias personales y de forjar la vida que considere conveniente, siempre y cuando esas definiciones no dañen a terceros ni perjudiquen a otros.

No debe ignorarse que la intolerancia es un signo siniestro que puede resultar trágico. Ahora más que nunca es necesario respetar y defender la libertad.

Al propiciar más controversias se olvida que el conflicto puede ser luz y sombra, también puede ser peligro y oportunidad. Muchas veces genera odio, que suele ser sombra y peligro, es opuesto a la cultura de la paz y pone en grave riesgo de mayor deterioro al tejido social.

Cuando cotidianamente se incita al odio es nuestro deber abordar tan delicado tema e insistir en el peligro que implica el fomentarlo como política pública y en la necesidad de detenerlo y de mitigarlo.

Debe reconocerse que nadie nace odiando. El odio se aprende, se inculca y se contagia; por eso insistimos en disipar la creciente discordia con diálogo.

Sigue sin aprovecharse el elemento sobre el que se desarticulan los conflictos y se construyen soluciones que es el dialogo. Ello es posible con una manera diferente de interactuar y de relacionarse a partir de una comunicación constructiva.

Si el diálogo se hace posible y se traduce en una política de Estado, podremos arribar a un acuerdo social que sea justo, equitativo, duradero y estable. Eso, además de ser necesario, es lo más prudente en beneficio de todos.

Podemos afirmar que uno de los pilares para actuar con visión de futuro es la utilización del diálogo para superar la polarización y los desencuentros que se han propiciado, principalmente, desde Palacio Nacional.

Insistimos en recordar que en su primer discurso, el 1º de julio de 2018, el presidente electo López Obrador delineó su proyecto del gobierno y expresó que la solución pacífica de los conflictos sería una de sus características. Esa idea se incluyó en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, que en varios apartados se refiere al objetivo de emprender la construcción de la paz. Tristemente podemos confirmar que sólo fueron palabras que se llevó el viento y letra muerta.

Es frustrante y dañino no escucharnos, no vernos, no dialogar y no respetarnos unos a otros pues la política no tiene por qué ser un constante desencuentro, un método de descalificaciones y mentiras que dilapidan la estabilidad y la unidad.

La sociedad civil despertó en el pasado proceso electoral y logró transformarse de testigo sordo, ciego y mudo en protagonista de la política nacional, decidida a ignorar los distractores que pretenden ocultar la destrucción que a todos afecta.

La construcción de una cultura de la paz y de la concordia sólo es posible con un contagio positivo que generalice la práctica del diálogo en todos los ámbitos de interacción social.

*Abogado y mediador profesional,

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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