No podemos dejar que los valores del pasado nos distraigan de las realidades del presente.

Margaret Thatcher

Empieza el tercer año de la administración del Presidente Andrés Manuel López Obrador, deseamos que sea exitoso por el bien de todos.

A dos años del inicio de su mandato encontramos que en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 se estableció el objetivo de emprender la construcción de la paz y la promoción de la cultura de la paz. Sin embargo, no se detecta avance alguno en su cumplimiento, no hay señales de ello. Al contrario, se ha podido observar justamente lo opuesto en acciones y discursos que propician la polarización y un ambiente de encono que se acerca a la violencia que se aleja cada vez más de la concordia y acentúa el deterioro del tejido social.

En la víspera de finalizar su primer bienio, el Primer Mandatario expidió un documento denominado Guía Ética para la Transformación de México, sin duda es una señal de esperanza respecto del muy deseable cambio en la forma de conducir el Gobierno. Es indispensable su aplicación y llevarla a la práctica. Que no quede en letra muerta.

Es de reconocerse que dicha Guía coincide en algunos aspectos con la Cultura de la Paz de la que nos hemos ocupado en difundir en esta serie de artículos. Por ejemplo, por lo que hace a los ámbitos de interacción social, entre los que destacan los que se mencionan al inicio de la presentación de la Guía y otros, tales como la familia; la escuela; la comunidad, la vecindad, la unidad habitacional y el barrio; las ciudades; los ejidos; las comunidades indígenas; las organizaciones civiles y sociales; las empresas; los sindicatos; los partidos políticos; los reclusorios y los deportes. Los conflictos que se presentan cotidianamente en todos esos ámbitos merecen ser gestionados oportunamente para evitar una mayor descomposición del tejido social. Para ello, como hemos insistido, la mediación social, como medio de gestión, prevención y resolución de controversias, es una valiosa vía.

Sin embargo, es equívoca y quizás tendenciosa la afirmación que se hace en la presentación de la Guía en el sentido de que el denominado “régimen neoliberal y oligárquico que imperó en el país entre los años ochenta del siglo pasado y las dos primeras décadas del siglo XXI machacó por todos los medios la idea de que la cultura tradicional del pueblo mexicano era sinónimo de atraso y que la modernidad residía en valores como la competitividad, la rentabilidad, la productividad y el éxito personal en contraposición a la fraternidad y a los intereses colectivos…” pues se sabe, como hemos expuesto en esta serie, que la constante de las culturas modernas -no sólo la mexicana- es el egoísmo; esto se traduce en una actitud ante los conflictos en la que los otros son aceptables sólo en la medida en la que se ajusten a nuestro pensamiento, a nuestras ideas, tal y como lo predica cotidianamente el inquilino de Palacio Nacional y muchos de sus colaboradores.

Como hemos expresado en esta columna, la violencia prevaleciente nos muestra que las principales instituciones socializadoras -que son la familia, la escuela y la comunidad- han fallado en la tarea de desarrollar habilidades sociocognitivas. Esa es la principal razón por la que estamos inmersos en culturas que estimulan la multiplicación de los conflictos y su abordaje destructivo.

Formamos parte de sociedades cuyo motor es la violencia, y los conflictos que ésta genera, en muchos casos, se gestionan por esa misma vía, lo que resulta en un riesgoso círculo vicioso. Esta situación dista mucho de ser exclusiva de nuestro país. Sin embargo, somos nosotros todos, sociedad y Gobierno, los responsables de superar esta crisis.

La construcción de una Cultura de la Paz y de la concordia sólo es posible si se generaliza la práctica del diálogo en todos los ámbitos de interacción social. Su construcción sólo es posible si se generaliza la práctica del diálogo en la familia, en la escuela y en la comunidad. La participación del Gobierno debe estar alineada en esas acciones.

Al finalizar el segundo año del actual Gobierno, sus resultados dejan mucho que desear, las metas que se plantearon en el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024 no sólo no se han alcanzado, los indicadores rebelan peligrosos retrocesos, muy por debajo de los resultados logrados en los respectivos primeros bienios de los anteriores gobiernos.

Nos agobia un alarmante crecimiento de la pobreza extrema, la pérdida de empleos y de fuentes de trabajo, el mayor endeudamiento público, el aumento de delitos y feminicidios, la toma de casetas en las autopistas, bloqueo a vías de ferrocarril, y el manejo de la pandemia que nos coloca en una muy comprometida posición en comparación con prácticamente todos los demás países del mundo, tal y como lo confirmó ayer la Organización Mundial de la Salud, entre otros rubros.

No resulta claro cuándo ni cómo se podrán alcanzar las metas que se ofrecieron al inicio del mandato. Aunque ello confirma que transformar NO es sinónimo de mejorar.

Teniendo en cuenta que la Guía Ética para la Transformación de México fue redactada, editada y difundida por la Presidencia de la República, se espera que el propio Presidente, su equipo de trabajo y la clase política de su partido político prediquen con el ejemplo, pues los hechos y los dichos durante el bienio han sido contrarios a la referida Guía.

Insistimos en recomendar el dialogo y la construcción de puentes en vez de provocar planes de destrucción, pues la venganza suele ser traicionera, no beneficiosa. Que gobiernen más las ideas que las pasiones. Es lamentable el decaimiento de las ideas y del abuso de la palabra. México no merece ser una república de palabras huecas.

No es conveniente continuar atizando la polarización, es tiempo de estar unidos, practiquemos la Cultura de la Paz por el bien de todos.

*El autor es abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

Lee más de este autor