En México, al igual que en la mayoría de las naciones, los esquemas de justicia tradicional han sido rebasados por el crecimiento demográfico, el proceso de globalización, el alto grado de complejidad de los asuntos que se ventilan en los tribunales, así como por la creciente pobreza y marginación que está ya presente en todos los rincones del planeta.

Esta situación no puede ser resuelta solamente con la creación de más tribunales, sino con la expansión y consolidación de los mecanismos alternativos de solución de controversias, particularmente la mediación.

El público en general percibe al abogado como el profesional que defiende a su cliente, que necesita ir a juicio, no como un experto en gestionar sus problemas o controversias legales, lo percibe como un guerrero que al final del combate habrá perdido o ganado.

Los 30 centros e institutos que ofrecen los servicios de gestión y resolución de conflictos utilizando los mecanismos alternativos en sede judicial, particularmente la mediación, hacen un esfuerzo permanente para cambiar esa inercia, impulsando la cultura de la paz, principalmente porque con la mediación se supera el síndrome del ganador perdedor pues las partes involucradas se benefician del esquema de ganar-ganar. Cuando el abogado conoce un asunto, analiza las estrategias del litigio y las distintas posibilidades para ganar, según los intereses de su cliente, que en ocasiones se contaminan por los intereses del propio abogado.

La mediación estuvo oculta en su verdadera esencia que supone su vertiente extraprocesal por varias razones, entre ellas porque resulta difícil aceptar la flexibilidad en un mundo rígido sometido a procedimientos que se sujetan a plazos y términos. También porque hay abogados que creen ser mediadores por la simple intención de llegar a acuerdos previos que eviten la judicialización.

La mediación se puede convertir en la mejor aliada del abogado. Una vía más, junto al asesoramiento, la consulta o el pleito, pero para ello es indispensable un cambio de paradigma, existe temor a perder protagonismo porque el abogado fue concebido, desde las universidades, para liderar los conflictos y le asusta velar porque las partes que se encuentren en él se atribuyan el éxito del acuerdo, uno de los principios básicos de la filosofía de la mediación.

La mediación suele ser un catalizador para que el acceso efectivo a la justicia sea una realidad.

La justicia no debe comenzar cuando el conflicto es grande o ruidoso. La justicia ha de comenzar cuando hay una disputa que merece ser resuelta o gestionada y que al resolverla o gestionarla se evitarán, precisamente, los conflictos grandes o ruidosos, las crisis sociales que pueden detonar la violencia.

Es en este punto donde la mediación se vuelve central, formando parte de la democratización de los Poderes Judiciales. La mediación, contrario a lo que se presume, no es un mecanismo para evitar el rezago judicial, aunque contribuye a ello. Tratar a la mediación de esa manera es no darle el lugar que le corresponde dentro de la justicia conmutativa.

En ese sentido, si se ve a la justicia holísticamente y no sólo como la burocracia que administra procedimientos aislados, se verá que la mediación tampoco debe ser considerada como una medida alternativa a la justicia, sino que es un recurso de la justicia misma. Es una expresión democrática de la justicia pues en ella las personas participan directamente en la construcción de soluciones a sus conflictos. Se ha devuelto la voz al ciudadano, eso debe aprovecharse.

Con la mediación los tribunales comparten crecientemente con los ciudadanos la responsabilidad de resolver sus conflictos a través de fórmulas alternativas.

Llevar las vías de la justicia a todos lados y al alcance de los más, ha de ser el motor para poner al servicio de la ciudadanía la experiencia con la que ya cuentan al menos 30 poderes judiciales locales en la materia y es por ello que puede y debe crecer el impulso a la mediación escolar; a la mediación comunitaria; a la mediación agraria; a la mediación médica; a la mediación para autores, compositores e intérpretes; a la mediación hipotecaria; a la mediación energética; a la mediación laboral, y en general a la gestión y resolución de todo conflicto.

Todo parece indicar que los sistemas jurídicos actuales tienden a crear esquemas institucionales más flexibles y horizontales que incluyen -por supuesto- a los mecanismos alternativos de solución de controversias, así como otros procedimientos e instituciones que fomentan la participación proactiva de los individuos.

Hoy, a diferencia de otros tiempos, los mecanismos alternativos de solución de controversias, particularmente la mediación, dejan de ser un recurso espontáneo e intuitivo, mediante el cual los seres humanos reaccionaban ante la emergencia que representaba el conflicto. Ahora cuentan con respaldo legal, principalmente a nivel local, el marco legal general continúa en proceso de construcción, y con el sustento teórico y práctico que le han brindado otras disciplinas. La Ley da permanencia y cauce, y el conocimiento y formación de mediadores, credibilidad y eficacia.

Pascual Hernández Mergoldd es abogado y mediador profesional.

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Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada