Los Mediadores somos actores del cambio social en una cultura cuyo signo distintivo es la violencia.

Jorge Pesqueira Leal 

La semana pasada se presentó el libro “Mediación en México” de la autoría de quien escribe estas líneas, ello ocurrió en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Participaron los destacados catedráticos y expertos en cultura de paz Jorge Pesqueira, presidente del Instituto Mexicano de Mediación; Fernando Martínez de Velasco, Rector de la Universidad San Sebastián; Paolo Pagliai, director del Colegio de Derechos Humanos y Derecho de la Universidad del Claustro de Sor Juana, así como su Rectora, Carmen López Portillo quien condujo la presentación de forma brillante, amena y enriquecedora. Este acontecimiento académico se realizó de manera presencial y virtual. 

Una vez más pudimos constatar el interés y entusiasmo de estudiantes y del público por la utilización de la mediación en la gestión prevención y resolución de conflictos en todos los ámbitos de interacción social y de la convicción de que la adopción del diálogo es indispensable para restablecer la cordialidad en la vida nacional.

Sin duda, la percepción de la ciudadanía revela que es urgente aprovechar la comunicación para desarticular los conflictos. Trabajar en la desarticulación de un conflicto y la construcción de una manera diferente de interactuar y de relacionarse significa modificar el tipo de comunicación que permita el diálogo. 

Varios estados de la república así como la Ciudad de México han pasado a semáforo verde, por lo que hace a la pandemia del covid-19. Sin embargo, no es conveniente que se relajen las medidas preventivas para evitar volver a los tiempos de tensión que provocó la pandemia y que pusieron a prueba nuestras ideas sobre normalidad, vida pública e interacción social. 

El regreso a las actividades laborales y económicas incluye la reapertura de todo tipo de establecimientos, ello en condiciones diferentes a las anteriores a la pandemia. Quienes regresan a esos sitios como clientes o empleados deben conducirse con restricciones de convivencia y con mayor cuidado hacia los demás. Esas nuevas circunstancias ya han propiciado situaciones incómodas y aun conflictivas, porque no faltan quienes desatienden las recomendaciones sobre el uso del cubrebocas, mantener la distancia adecuada para evitar mayores contagios, o la aplicación del gel antibacterial.

Una opción real y accesible ha sido conocer y aprovechar la mediación para superar esas situaciones conflictivas o controversias, particularmente la mediación social.

Existen ámbitos de la mediación bien estudiados y aplicados en México y en otros lugares del mundo, de los cuales ya hemos dado cuenta en estas colaboraciones. Una vertiente es la denominada mediación social que se especializa en mediación comunitaria, vecinal, organizacional y policial, entre otras, todas ellas aplicables en la nueva realidad a la que nos ha lanzado la pandemia por el covid-19.

La situación imperante, afectada por la pandemia del coronavirus, nos movió a asumir determinados valores y a descartar otros. Todos intentamos adaptarnos lo mejor posible a esa nueva circunstancia y buscamos soluciones a algunos de los problemas que se nos presentaron.

El confinamiento al que se sometió a los habitantes de cada vez más ciudades en el mundo fue una fuente de controversias. La intensa convivencia entre integrantes de familias nucleares y ampliadas, lejos de propiciar la felicidad de sus integrantes, suscitó incomodidad, así como acciones de violencia. A esa situación, en muchos casos, hubo que sumarle la falta de recursos económicos y las condiciones adversas para el cuidado de sus integrantes.

El aislamiento, combinado con esa intensa convivencia, propició frustración, tensión y aumento de la violencia doméstica y familiar, situación incubadora de conflictos y controversias.

Lo que no cambió es la postura del Presidente, quien lejos de mostrar empatía con algún sector de la población aumenta los insultos, descalificaciones y amenazas, al tiempo que degrada el discurso político y maltrata la investidura de la institución presidencial.

A pesar de que ciudadanos, por todas las vías a su alcance, utilizan la palabra para exponer legítimos reclamos, protestar y proponer soluciones no son escuchados. La palabra de los supuestos opositores del Presidente no merecen su atención. No escucharnos, no vernos y no respetarnos unos a otros es frustrante y dañino, pues la política no tiene por qué ser un constante desencuentro, un método de descalificaciones y mentiras que dilapida la estabilidad y la unidad. Deteriora el tejido social.

Si creemos en el voluntarismo más que en la voluntad política; en el antihéroe, más que en los procesos colectivos; en el maximalismo, más que en los esfuerzos progresivos; en el instinto totalitario, más que en la convicción plural; en la violencia más que el uso de la mediación, difícilmente lograremos una cultura de la paz. 

El ambiente de polarización prevaleciente está transformando a las personas en agentes que contribuyen, desde sus respectivos espacios de influencia, a fortalecer la práctica del abordaje destructivo de los conflictos. Urge revertir esa tendencia. 

No se olvide que la palabra deja huella, tiene poder e influye positiva o negativamente. La medida del poder del lenguaje es la medida de la capacidad de influir sobre uno mismo o sobre los demás. Sin embargo, para que sirva como vía de comunicación, es indispensable la escucha del otro.

Como hemos insistido, el dialogo es la vía de la distensión. 

En cada palabra tenemos el poder de la paz. El poder de la paz es el poder de la cultura de la paz.

*El autor es abogado y mediador profesional.

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Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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