Algunos causan felicidad dondequiera que vayan; los demás cada vez que se van.

Oscar Wilde

El pasado 20 de marzo, Día Internacional de la Felicidad proclamado por la ONU en el que se conmemora la importancia que tiene la felicidad como parte integral en el desarrollo y bienestar de todos los seres humanos, se dieron a conocer los resultados del índice de felicidad en el mundo.

Conforme al reporte de la ONU sobre el índice de felicidad en 153 países, el año pasado perdimos 23 posiciones al quedar ubicados en el lugar 46, por debajo de otras naciones de la región como Uruguay y Chile, mientras que en 2019 ocupamos el puesto 23.

Hoy los mexicanos SOMOS MENOS FELICES.

Existen varios factores que golpean nuestra felicidad, algunos de ellos relacionados con la cultura de la paz que hemos comentado en esta serie que publica El Economista.

Desde 2019 hemos vivido una caída importante en varios aspectos del bienestar general como la economía nacional y de seguridad pública, en perjuicio de millones de familias. El 2020 se significó por un catastrófico desplome económico del nueve por ciento, tan grave como no ocurría desde 1932 y una gravísima crisis en materia de salud tan destructiva como en los años 1918 y 1919.

Hoy seguimos atorados en la crisis económica, de salud y de seguridad e inmersos en todo tipo de incertidumbres.

Padecemos una situación sin precedentes: sin trabajo y sin ingresos, el año pasado cerraron definitivamente un millón de pequeños negocios; con la tragedia de perder seres queridos por la crisis de salud pública o por la creciente inseguridad. Con la incertidumbre de saber si seremos vacunados contra el Covid-19, pues existen muchos casos de personas de la tercera edad que se registraron en “mivacuna.salud.gob.mx” que no fueron considerados en las jornadas de vacunación realizadas en varios municipios; si nos contagiaremos o no, o bien cuál sería nuestro destino si es que enfermamos. No existe certidumbre en muchos ámbitos de la vida nacional.

Algunos de los efectos de la crisis económica, de salud y de seguridad que nos agobia se potencian en las familias, ámbito en el que se ha incrementado la violencia intrafamiliar o doméstica. Además, niños y jóvenes en edad escolar hoy todavía no pueden acudir a escuelas ni universidades, en perjuicio de su desarrollo, particularmente de la “inteligencia social”, que consiste en la capacidad humana para relacionarse de manera exitosa con los demás.

“Vivir juntos” sólo puede aprenderse socializando, por ello es muy probable que niños y jóvenes que hoy están encerrados, sean menos felices y regresen a sus escuelas o universidades como alumnos distraídos, indisciplinados, incapaces de trabajar en grupo, carentes de solidaridad y de empatía. La convivencia escolar, además de ser la fórmula para aprender a vivir juntos, es un elemento atractivo y disfrutable para niños y jóvenes con la que se construyen amistades, afectos y compañerismo. Esta realidad se traducirá en nuevas controversias.

Las situaciones de conflicto siempre tienen un componente relacional. En donde hay exclusión o polarización surge resentimiento que propicia reacciones que pueden detonar violencia o confrontación. Esas confrontaciones ponen en riesgo el tejido social.

Para quienes entienden que el “orden” debe imponerse a su voluntad, los procesos participativos de construcción de consensos suelen ser difíciles y complicados, sobre todo por no tener el control en esos procesos, de tal suerte que optan por la confrontación.

Por eso insistimos en aprovechar la mediación, se trata de una verdadera democratización de los sistemas en los que se instalan y abren nuevas posibilidades en las que, lejos de destruir se contribuye a restaurar relaciones y por tanto el tejido social.

Los ciudadanos esperamos y deseamos de nuestro gobernante una conducción serena que se caracterice por el respeto y apego al Estado de Derecho, no por un gobierno de ocurrencias o actos de fe.

Que cumpla su juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanan.

La frustrante realidad es que en Palacio Nacional se menosprecia el Estado de Derecho y a la independencia judicial, además de someter al Poder Legislativo al ordenarle cómo han de aprobar sus iniciativas. Tristemente son señales de dirigirnos a una dictadura. Por eso nos hallamos temerosos y confundidos. Son inquietantes los dichos y hechos del poder público que se apartan de la ley y menguan los derechos y las libertades de los ciudadanos.

El abuso en el ejercicio del poder, traducido en la concentración de funciones y de recursos, así como su discrecional aplicación; la contracción de la inversión productiva; la militarización de cada vez más actividades civiles; el uso de programas y recursos públicos con fines electorales, como el programa de vacunación contra el Covid-19, y el debilitamiento de instituciones son pésimas noticias que cancelan la certeza jurídica, afectan la cordialidad y lastiman el tejido social.

Evitemos el juego de la polarización que se promueve desde Palacio Nacional con el cotidiano monólogo de su inquilino con el que se siembra la división y enfrentamiento en la sociedad civil y política. En una parte, están sus partidarios y en la otra sus adversarios a quienes culpa de todos los males, dentro de los que están los medios, la sociedad civil, el Poder Judicial, los órganos autónomos y el Estado de Derecho.  

Olvida el inquilino de Palacio Nacional que es Presidente de todos, que es nuestro empleado de más alto rango del sector público, que su sueldo y manutención se paga con el dinero de todos y parece no comprender que el bienestar implica que todos estemos mejor, no que todos estemos peor.

¿Cómo podríamos seguir siendo felices?

Seamos un pueblo que muestre la resiliencia ante las adversidades como las crisis de salud, económica y de seguridad, además de la constante polarización institucional.

Entre más unidos estemos y contribuyamos al fortalecimiento de la cordialidad y de la cultura de la paz, seremos más fuertes. Entre más divididos, más débiles.

No se trata sólo de manifestaciones, de descalificaciones, de recabar firmas, o de largas cadenas de oración, se trata de defender nuestras instituciones con el mejor instrumento que tenemos los ciudadanos, que no súbditos o vasallos: el VOTO.

Pascual Hernández-Mergoldd es Abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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