A veces la gente no quiere escuchar la verdad porque no quiere que sus ilusiones se vean destruidas.

Federico Nietzsche

Todo indica que lo nuestro es el conflicto, parece que nos es imposible la armonía en la evolución de nuestra democracia.

En la construcción de nuestras instituciones se ha requerido la participación de todos y en su diseño fueron protagonistas y conductores varios de los Presidentes de la República que gobernaron durante el siglo XX. En materia de democracia, durante la segunda mitad del siglo pasado se impulsó la reforma política y una nueva economía para aprovechar la globalización. Todo ello para desarrollarnos y construir un futuro, a partir de ideas claras de lo que queríamos.  

En la última década del siglo pasado aceleraremos el tránsito a la democracia de manera ordenada y concertada, se fortalecieron la autonomía del Instituto Federal Electoral y la libertad de expresión.

En ese tránsito coincidieron prácticamente todas las fuerzas políticas, de tal suerte que en 1997 se logró el triunfo que se consolidó en el 2000. Ese triunfo se tradujo en la primera transición democrática concretada en una Presidencia de la República que, por primera vez en 70 años, obtuvo un partido distinto al que predominó durante el siglo pasado.

Desde entonces, la renovación de los poderes Ejecutivo y Legislativo federales y locales, así como de los ayuntamientos ocurre sin incidentes que lamentar.

Esas acciones fueron una respuesta a la necesidad de consolidar y desarrollar el México postrevolucionario y a las demandas de apertura política y económica de la sociedad.

Nadie puede negar que durante el siglo XXI quienes han ocupado la Presidencia de la República se lo deben a la construcción de un mejor sistema electoral y a la votación mayoritaria, así como a la aceptación por la minoría divergente. Los pusimos nosotros sin imposición de nada ni de nadie, sólo del voto popular.

Con las transiciones se propició que se atenuara el poder central del presidente. Nos habíamos vuelto más libres, tristemente los factores reales de poder político han sido incapaces de llegar a un acuerdo mínimo para modernizar al país. Construimos nuestra democracia, pero no aprendimos a utilizar sus elementos como el diálogo, el debate, la crítica, y la tolerancia ante la pluralidad. No hemos adoptado una cultura de la paz que nos permita negociar, escuchar al otro ni dirigirnos al desarrollo tan anhelado para todos.

Hoy se percibe una obsesión del Presidente por la unanimidad y desesperación con los opositores. Parece tener como única preocupación la concentración de poder. Su propuesta de pacto para evitar el fraude electoral con el propósito de establecer una “auténtica democracia” en nuestro país es innecesario, basta con respetar la Constitución y la legislación aplicable, eso no está sujeto a negociación alguna.

Hemos señalado insistentemente en la urgencia de que el Presidente propicie la cultura de la paz y de concordia, respalde a las mujeres, ejerza ese poder para beneficiar a sus “súbditos” y para proteger la salud, la seguridad y la vida de los mexicanos, y —por supuesto—, los intereses nacionales.

Es preocupante como se diluyen la concordia y la cultura de la paz a partir de la mezcla de una polarización alentada desde el poder, acompañada por medidas y discursos populistas impregnados de mentiras. Cada mañana se fija la frontera entre la lealtad ciega o la “traición a la patria”, así como la descalificación a la crítica.

Ello revela una preocupante incapacidad de diálogo alimentada por la ceguera y lealtad de sus incondicionales que celebran todo lo que diga o haga el Presidente, en un extremo y la crítica a todo lo que dice o hace, en el otro. Esta situación podría no ser nociva si ambas partes, a pesar de tener puntos de vista divergentes, tuvieran un punto de coincidencia en la búsqueda del bienestar y el desarrollo del país. Es urgente aceptar que en la transformación de México se necesita la participación de todos los sectores.

Hasta ahora, no se conocen propuestas de partido alguno ni de universidades de cómo queremos ser en el mediano ni en el largo plazos. Resulta preocupante la ausencia de ideas. Lo que está a la vista es la intención de volver al pasado, como si el mundo de ayer hubiera sido mejor. Recordemos que en el pasado que se añora la economía estaba cerrada, no se respetaban los derechos humanos y la democracia era una aspiración.

Hasta hace poco nos habíamos liberado del estatismo que hoy se pretende adoptar; habíamos confirmado que el estado empresario es ineficiente; teníamos el andamiaje constitucional y legal para contar con poderes institucionales equilibrados entre sí mismos, así como la participación de órganos constitucionales autónomos, y el ejército ya no realizaba actividades civiles, excepto su supuesta extraordinaria participación en acciones de seguridad pública. También se inició el impulso de la transformación energética aprovechando la luz del sol y el viento, elementos que abundan en nuestro territorio, para producir energía solar y eólica, y de esa forma disminuir el uso de energías sucias que contaminan nuestro entorno, al país y al medio ambiente.

Este año electoral derrocharemos más de siete mil millones de pesos para financiar a los partidos políticos que competirán por 500 cargos federales y 20 mil 292 de carácter local. En el padrón electoral estamos registrados 94 millones y medio de personas.

Nadie puede negar que los ciudadanos seremos utilizados —una vez más—, para validar la selección de los candidatos que los jerarcas de los distintos partidos políticos, postularon. No son los candidatos del electorado. Se trata de una competencia del poder por el poder.

Es muy importante que votemos conscientemente de lo que queremos el domingo 6 de junio, en medio de la campaña de vacunación para combatir el Covid 19, pues a nadie conviene que el partido gobernante conserve la mayoría absoluta en las cámaras. Somos testigos de que la mayor parte de las reformas legales promovidas por este gobierno, de una lealtad ciega al Presidente, son el resultado de ocurrencias sin sustento, de la precipitación, de la ignorancia y de la arbitrariedad. Eso desvirtúa la división de poderes y nos dirige hacia un precipicio que nadie quiere.

Se trata de comprender que el bienestar implica que todos estemos mejor, no que todos estemos peor.

Somos, en mucho, lo que hasta ahora hemos querido ser.

*El autor es abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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