No se debe utilizar la institución presidencial para ayudar a ningún partido ni candidato. No me parece que un hombre de Estado actúe de manera facciosa.

Andrés Manuel López Obrador

En pocas horas habrá de iniciar el mandato de Joe Biden y terminará la era Trump. El mundo fue testigo de cómo la democracia más grande del planeta fue puesta en riesgo por un populista que ascendió al poder a partir de un proceso electoral y que, una vez instalado en la Casa Blanca, su proceder emuló a Stalin y a Hitler, quienes demostraron la utilidad de mentir a gran escala, como forma conveniente de ignorar hechos no deseados, para fortalecer la lealtad de sus seguidores y ponerlos a prueba. Desde su campaña y una vez en el gobierno, Trump adoptó como motor de su política el engaño y la polarización, además de impulsar la discriminación racial. Por último, hizo todo a su alcance para que se creyera la mentira de que él había ganado las elecciones de noviembre.

No sólo empoderó a la mentira, también a la desinformación.

Líderes de otras latitudes y de América Latina asumen modelos similares y engañan cotidianamente a sus pueblos con mentiras absurdas y soluciones mágicas que nunca se concretan, pretendiendo que se crea que la vida es mejor, que todo está controlado y que la vida es más feliz, entre otros engaños. Tristemente la realidad se encarga de demostrar a sus pueblos lo contrario.

Otras características de los gobernantes populistas es su empeño en la neutralización de los otros poderes -el legislativo y el judicial-, y la eliminación de los órganos de control. Ello sin contar el amago a determinados sectores de su población, la polarización de su sociedad y la ausencia de cordialidad. Obstaculizan a “los otros” cuando ofrecen una versión distinta a la suya. Así mismo desmantelan a las clases medias, a los pequeños empresarios y a las empresas familiares sin considerar que son los motores de sus economías.

Está tan arraigada la aplastante y violenta realidad en la sociedad que un cambio parece poco viable, pues hay quienes se oponen y la obstaculizan con su actitud y en los hechos. Tristemente, es la abrumadora y creciente violencia, en todas sus expresiones, aderezada por la pandemia del Covid-19 y la crisis económica, lo que actualmente más nos afecta a todos en los diversos espacios de interacción social.

Se pierde la cordialidad y se ignora la cultura de la paz.

Un régimen democrático adopta y se somete a controles. Se somete al orden legal y constitucional y promueve organismos de control jurídico, social y político, así como a la transparencia, y no reserva información pública.

El acceso a la información, que es un derecho de la ciudadanía, es el contrapeso a la mentira, que cada vez es más generalizada.

La experiencia demuestra que el poder político tiende a desbordarse, a trascender sus atribuciones y facultades. Esa nociva e ilegal expansión de su dominio afecta los derechos y las libertades de los gobernados.

Debemos recordar que la Democracia no se agota en las elecciones, también es participación ciudadana en temas públicos y la transparencia es su alma. Es una forma de gobierno en la que existe división de poderes y contrapesos, es el sistema político que defiende la soberanía del pueblo y el derecho del pueblo a elegir y controlar a sus gobernantes.

En la construcción de nuestra democracia se han creado organismos autónomos del Estado para apuntalar y mejorar los medios de control al gobierno. No es aceptable que el ejecutivo federal pretenda substituir los organismos autónomos para autocontrolarse. Ya está probado que el autocontrol se ha traducido en discrecionalidad y opacidad.

Este año habrá elecciones presidenciales en Chile, Perú, Ecuador, Nicaragua y Honduras. En México habrán de realizarse elecciones federales y estatales. Se votará por 15 gubernaturas, 30 congresos locales y casi dos mil ayuntamientos, se elegirá la totalidad de los 500 diputados federales, un total de 3,505 cargos de elección popular.

92 millones de electores registrados tenemos la responsabilidad y el reto de transitar por este proceso electoral en paz. No sólo el día de las elecciones, también durante las campañas, el recuento de votos y todas las acciones que contemple el proceso. Tanto como simples votantes, candidatos, militantes de partidos y funcionarios de casilla. Debemos hacer un esfuerzo para que imperen la razón y la cordialidad.

La legislación electoral prohíbe al Presidente y al conjunto de servidores públicos apoyar o descalificar candidatos, partidos políticos, alianzas y coaliciones. Deben evitar posicionamientos y ser neutrales en el proceso electoral. Estos criterios fueron reiterados por el Instituto Nacional Electoral. Desde luego, no se trata de una ocurrencia, así lo ordena la legislación electoral.

Tienen el Presidente, los gobernadores, los presidentes municipales, los alcaldes y todos los servidores públicos, la oportunidad de actuar en el marco de la cultura de la paz coadyuvando en la cordialidad durante el proceso electoral de este año, respetando la legislación aplicable.

La justicia electoral, que es una expresión del Estado de Derecho, implica la garantía fundamental de cumplimiento con el principio democrático de que las elecciones han de ser libres, justas y auténticas.

No olvidemos que existe la mediación, un medio eficiente y amigable de gestión y resolución de conflictos en todos los ámbitos de interacción social.

Propiciemos una convivencia en armonía, en una cultura de la paz, debemos evitar que la creciente discordia se trasforme en odio que puede salirse de control.

*El autor es abogado y mediador profesional.

phmergoldd@anmediacion.com.mx

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada

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