Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes

Isaac Newton

Independientemente de las continuas distracciones para desviar la atención a nadie conviene soslayar que la nueva normalidad está plagada de datos duros: cerca de veinte mil muertos por el Covid-19; más de ciento cincuenta mil contagiados; pérdida de millones de empleos que, para este 2020, se calcula que la cifra podrá rebasar los tres millones que afectarán también a los dependientes económicos de quienes pierden sus fuentes de ingreso, y una caída del PIB que oscilará entre el 7.5 y el 12 por ciento.

Ello es un caldo de cultivo en el que la violencia aumenta, sobre todo al profundizar la polarización institucionalizada desde el discurso que la alienta y propicia la discordia.

La proliferación de la violencia en varias ciudades de nuestro país, promovida por un movimiento autodenominado anarquistas que destruyen todo a su paso ocasionando daños en propiedad ajena, pública y privada, nos muestra que el encono es superior al miedo de contagio del Covid-19.

En entrevista a una supuesta líder de referido movimiento —que viola leyes y derechos de otros—, explicó que las agresiones a periodistas durante sus protestas se deben a que no respetan sus reglas.

El mensaje a los ciudadanos afectados que observan la inactividad de la autoridad que permite dichos actos de vandalismo, con tal de evitar que surjan enfrentamientos de la policía con dichos grupos, parece ser has lo que quieras, no hay consecuencias, sólo para los policías.

Por un lado, se anuncian juicios y sanciones a los agentes policiales y por el otro se ha visto que quienes han sido detenidos por la comisión flagrante de diversos delitos son liberados y, en algunos casos, recibidos como héroes.

Recordemos que todo ciudadano tiene el derecho a la seguridad pública, que significa protección de su persona y de sus bienes por parte del Estado, que tiene el deber de perseguir y detener a los responsables de delitos.

Como hemos sostenido, vivimos en un mundo en el que la concordia, cualidad positiva cercana a la bondad, es un distintivo que se debilita peligrosamente.

Es indispensable identificar todos los factores que causan que la discordia sea el motor preponderante de la interacción social para lograr que sea la concordia lo que impere en las comunidades y entre ellas.

La policía, institución garante de la seguridad ciudadana por excelencia, ha de adaptarse —por acción y no por omisión— a estos nuevos tiempos de movimientos sociales, crisis, cambios continuos y demandas de esta nueva ciudadanía, diversa, activa, participativa y exigente. Una opción real para esa adaptación es la mediación policial que se ha implantado con éxito en otras latitudes.

La labor del integrante de nuestras policías debe ampliarse a la función de agente de prevención comunitaria actuando de forma proactiva y no sólo como respuesta al conflicto y al delito.

Su trabajo —delicado sin duda— ha de contribuir en recuperar el bienestar de la ciudadanía, participando en la reconstrucción del tejido social y la mejor manera de hacerlo es con la participación de esos mismos ciudadanos que piden, que reclaman a sus gobernantes sus derechos de manera participativa.

La mediación policial no es una panacea universal pero sí tiene la posibilidad de propiciar el cambio para trabajar la prevención. Por ello hemos propuesto, e insistimos en ello, que la mediación policial forme parte de las nuevas estrategias de las policías de nuestro país.

Algunas de las ventajas de la mediación policial consisten en el aumento en la capacidad de prever, reducir, manejar y propiciar la solución de los conflictos de la comunidad de manera pacífica.

Es conveniente y necesario el diseño e implantación de un ambicioso programa de mediación policial para todas las policías del país que dote a sus agentes de la formación que les permita utilizarla.

Ante una controversia, los ciudadanos deben saber que cuentan con instrumentos y personas capaces de acercar vías de solución al conflicto y que pueden confiar en que siempre será mejor buscar equidad y equilibrio que violencia, o peor aún, ausencia de todo: de respuestas, de compañía, de sendero a recorrer. De eso debemos estar pendientes.

Parece olvidarse que la concordia es indispensable para comprender a nuestros semejantes, que la generosidad da sentido a la coexistencia y que la solidaridad se expresa cuando se tiende la mano a quien lo necesita. Somos seres amistosos, hospitalarios, fraternales y solidarios por naturaleza y estamos obligados a ser defensores de nosotros mismos y de nuestro prójimo.

La realidad que impone la nueva normalidad exige que todos propiciemos una convivencia en armonía, en una cultura de la paz, debemos evitar que la creciente discordia se trasforme en odio que puede salirse de control.

*El autor es abogado y mediador profesional.

[email protected]

Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada