Cuando existe un conflicto legal la respuesta automática ha sido pensar -como si fuera la única opción- en recurrir a un abogado para que atienda el asunto en tribunales.

Hay que desaprender este prejuicio.

En los procesos jurisdiccionales nadie tiene control total sobre el proceso ni sobre el resultado, se vive un ambiente de incertidumbre y genera angustia. Recurrir a tribunales generalmente deja insatisfechas a una o ambas partes. El derecho procesal es el ritual de las guerras, donde unos ganan y otros pierden, o todos pierden y en donde se inhibe la comunicación personal. Por todo lo anterior, es necesario desaprender la necesidad de tribunales y aprender a utilizar los mecanismos alternativos de solución de controversias, particularmente la mediación.

El público en general percibe al abogado como el profesional que defiende a su cliente y que irremediablemente debe acudir a tribunales para atender su juicio. No se le advierte como un experto en gestionar problemas o controversias legales, se le avizora como un guerrero que al final del combate habrá perdido o ganado. 

En el ejercicio de la abogacía y defensa legal en nuestro país, prevalece una cultura procesalista que genera que en el desahogo de una parte importante de asuntos se atiendan cuestiones formales y se deje de lado -sin resolver-, la controversia efectivamente planteada.

Con la mediación se supera la cultura procesalista y el síndrome del ganador perdedor pues las partes involucradas se benefician del esquema de ganar-ganar y construyen la solución en atención a sus intereses. En cambio, cuando el abogado conoce un asunto, analiza las estrategias del litigio y las distintas posibilidades para ganar, según los intereses de su cliente. Sin embargo, suele suceder que los intereses del abogado contaminan a los de su cliente.

En el litigio, habrá un ganador y también un perdedor.

Los centros de justicia alternativa e institutos que ofrecen los servicios de gestión y resolución de conflictos, principalmente la mediación, en sede judicial hacen un esfuerzo permanente para cambiar esa inercia, impulsando la cultura de la paz.

La mediación estuvo oculta en su verdadera esencia que supone su vertiente extraprocesal por varias razones, entre ellas porque resulta difícil aceptar la flexibilidad en un mundo rígido sometido a procedimientos que se sujetan a plazos y términos. También porque hay abogados que piensan, equivocadamente, que siempre han sido mediadores por su simple intención de llegar a acuerdos previos que eviten la judicialización.

La mediación se puede convertir en la mejor aliada del abogado. Una vía más, junto al asesoramiento, la consulta o el pleito, pero para ello es indispensable un cambio de paradigma, existe temor a perder protagonismo porque el abogado fue concebido, desde las universidades, para liderar los conflictos y le asusta que las partes se atribuyan el éxito de la solución. En la mediación, básicamente, la solución que se pueda alcanzar depende de la participación directa de los involucrados en la negociación que ha de ser asistida por un mediador.

El abogado no sólo no tendrá merma en su trabajo por la participación en este proceso de mediadores, sino que puede complementar su formación y especializarse también como mediador. La gestión y resolución de conflictos legales no requieren, en muchos casos, de la vía judicial.

El mediador bien formado, requisito sine qua non para ser considerado y registrado como tal para poder ejercer esa profesión, sabe que la presencia y la esencia de los abogados en las etapas de la mediación, no implica ni justifica que se rompa el protagonismo de las partes en sus decisiones.

El abogado mediador ha de tener presente que su condición de facilitador le convierte en un factor indispensable en el proceso de mediación, cuya tarea primaria, basada en el principio de flexibilidad, será la de que las partes definan, adopten, acepten y respeten el procedimiento para construir los acuerdos que formen parte de la solución, misma que será plasmada en un convenio que debe ser eficaz y eficiente, además de sostenible, si se alcanza con los medios que las personas poseen y si el beneficio es perdurable.

El abogado, en la nueva opción de transformarse en mediador, está llamado a ser una figura del siglo XXI y de participar en la responsabilidad de impulsar el cambio social que es la justicia de la paz. Como en otras fases del ejercicio profesional del derecho, tiene el reto de cambiar y de cambiarse si no quiere ser reemplazado por profesionales de otras disciplinas.

Pascual Hernandez Mergoldd  es abogado y mediador profesional. 

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Twitter: @Phmergoldd

Pascual Hernández Mergoldd

Abogado y mediador profesional

Columna invitada