El sistema de competencia impide que sea un torneo atractivo para todos y la dosis de heroísmo es lo de menos, cuando esa es la esencia de las copas.

En 1896, Johan Jack Almond cumplió 20 años y dejó Darlington, su tierra natal en Inglaterra, para migrar a South Yorkshire. En aquellos años, 141 kilómetros eran distancias abismales y las noticias en casa llegaban uno o dos días después y si eran de futbol, podía pasar hasta una semana para que todos se enteraran de un resultado.

Él es uno de los jugadores con más de 100 partidos con el Sheffield United, quien cuando llegó, procedente del club Darlington, apenas iniciaba su carrera y 119 años después, es seguro que todos los aficionados del Sheffield le guardan cariño, respeto, admiración o al menos, le conocen o han oído hablar de él.

Con su llegada aparecieron los goles y con ellos el título de liga y aquella anotación en la goleada de la final de la FA Cup 4-1 al Derby County para coronarse en 1899. Hoy al club casi nadie le reconoce fuera de la isla melancólica, sus épocas de éxito transcurrieron entre finales de 1800 y las tres primeras décadas de 1900, y de a poco fue descendiendo en la pirámide deportiva británica hasta convertirse en un club de tercera división.

Esta clase de equipos, de los que hay muchos en Inglaterra, tiene siempre una oportunidad en el año de hacerse presente a todos los que les recuerdan, añoran o desconocen... para dar un mensaje de que sí existen y ese terreno lo encuentran únicamente en la FA Cup, el torneo de copa más antiguo del mundo, nació en 1871 y la característica especial que tiene es que está lleno de épica, siempre, todos los años, no hay ninguna temporada donde no haya un club que llegue de los calabozos a abofetear a un gigante.

Y precisamente hace un año fue el caso de Sheffield United, el cual se instaló hasta semifinales, inició desde la ronda 1 y cayó en la fase previa a la final, no sin antes ganarles a los equipos de la Premier League Fulham (antes de descender) y Aston Villa, y caer en un partido, que fue más una guerra medieval por la intensidad, ante Hull City, en Wembley.

Hace tiempo que México dejó de tener un torneo donde el pasado, la tradición, la guerra de guerrillas en la cancha, la épica, sean protagonistas y el motivo es sencillo: ahora el formato de la Copa MX premia a los más regulares y quizás hasta los mejores, no a lo más heróico.

El formato de grupos quita cualquier emotividad y también, para aquellos que les importa el dinero, les arrebata una buena dosis de rating en la televisión, de taquilla e incluso de marketing.

Y material para hablar de heróico sí que ha habido: Cruz Azul Hidalgo derrotó a Tigres, Los Correcaminos a Monterrey, el finalista Alebrijes, y un montón de triunfos de clubes menores que se han perdido porque al final lo más importante es sumar puntos.

La Copa MX premia quizás la justicia, pero el espíritu de los certámentes coperos radica en una esencia que nada tiene que ver con la lógica, con los poderosos, es en términos generales, un sitio democrático donde el ganador y el único vencedor es precisamente el que consigue los goles... una lógica sencilla, pero no tiene que ver con las ligas que premian lo que se hace un año completo y no en un solo juego.

No hablamos de que equipos del Ascenso MX no hayan destacado, porque eso es mentira, ahí está la primera final entre Dorados y Correcaminos o el subtítulo de Oaxaca, pero nos referimos a algo más, de lo que no se toca, pero que determina el rumbo de un torneo: el espíritu del sistema de competencia.

Sheffield ni siquiera brilló el año pasado en su campeonato de Liga, fue séptimo, pero en los duelos de matar o morir, vivió casi hasta la final y entonces los viejos empezaron a contar las leyendas de los equipos, los niños se sentían identificados en su poblado, las televisoras difundían lo que hacían y también el negocio crecía.

Lo maravilloso de las copas es que son un duelo de pistoleros, donde no siempre gana el que debería ganar, el que mejor terminará el año, sino el que da directo al corazón o a la cabeza y luego aparece lo mejor: las historias que prevalecerán a través de los años y ese lema que es capaz de mover a poblaciones enteras para ver a su club: nada es imposible (aunque sí lo sea).