Con el argumento de que no le pueden negar a los no nacidos en México lo que la Constitución les garantiza, los dirigentes del futbol mexicano abrieron una puerta que amenaza con restar y disminuir aún más las oportunidades a jóvenes mexicanos que aspiran a convertirse en profesionales de este deporte.

El tema, que trasciende con mucho lo deportivo, ha pasado desapercibido por autoridades y legisladores.

El futbol es un fenómeno mundial más allá de lo meramente deportivo; por ejemplo, la FIFA agrupa más países que las Naciones Unidas, es un ente que va por el mundo estableciendo sus propias reglas: para los mundiales exige al organizador facilidades como libre flujo de divisas, visas para todos los participantes, infraestructura, seguridad especial y entre sus normas está la limitación a sus afiliados para entablar demandas, así como otras particularidades.

El futbol es algo demasiado serio para que se tome sólo como un juego, hay quienes llegaron a estimar que las pérdidas de empresas y particulares si la Selección Mexicana no hubiera pasado al Mundial de Brasil habrían sido superiores a los 1,000 millones de dólares.

Por reglamento, los equipos pueden tener en la cancha hasta cinco extranjeros, con la apertura a los naturalizados no hay límite, con lo cual puede ocurrir que un equipo juegue sin mexicanos por nacimiento.

El tema tiene sus antecedentes. En 1945, el Presidente Ávila Camacho emitió un decreto que limitaba a cuatro extranjeros en los partidos que se jugaran en el Distrito Federal. La disposición se generalizó en todo el país hasta que en 1997 encontraron un resquicio en las leyes capitalinas para saltarse el decreto, y finalmente, en el 2005, la Conade avaló hasta cinco foráneos por juego por equipo.

Los dirigentes no pueden estar más en lo correcto: la Constitución protege por igual a los naturales nacidos en el territorio nacional como a quienes por voluntad solicitan la nacionalidad. Hasta ahí muy bien, sólo que en el futbol de un tiempo a la fecha ocurre que jugadores y directivos acuerdan que tramiten la naturalización con el propósito de que jueguen como mexicanos, porque resulta más barato traer jugadores de Centro y Sudamérica que formar y retener a los buenos futbolistas mexicanos.

También, tanto celo legal de los dirigentes palidece cuando pasan por encima algunas de las garantías individuales, por mencionar dos, la libertad de expresión y la violación a los derechos humanos.

En las últimas semanas todos los medios en sus espacios de opinión se ocuparon del daño que traerá para los mexicanos la naturalización de extranjeros, pero hasta el momento no se ha observado una reacción en el Congreso de la Unión o en el gobierno federal para por lo menos sugerir un análisis de las posibles repercusiones.

Sí, los dirigentes tienen razón, se trata de un negocio privado, pero también es cierto que existen giros con una responsabilidad social y el deporte más practicado en el país es uno de ellos.

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