La Constitución de 1917 mantiene las huellas del tiempo revolucionario en que se gestó, donde era imperativo reivindicar demandas populares diversas, plasmarlas en un pacto general que despresurizara la lucha armada y diera viabilidad a la convivencia social, con justicia al menos reconocida como exigible, con herramientas para acotar la polarización y estabilizar acuerdos entre polos opuestos sin anteponer el fusil.

El ejército constitucionalista de Venustiano Carranza había derrocado a Victoriano Huerta pero no logró mantener el apoyo de Villa y Zapata. La Convención de Aguascalientes en 1914 no llevó a ningún lado, salvo a la ruptura definitiva de las corrientes y liderazgos armados del sur y el norte. Carranza parecía disminuido, pero sumaba en aquel momento a Obregón a su causa por elecciones, leyes e instituciones, mientras perdía a los caudillos del campo, los que no abandonaron, literalmente, hasta la muerte, las demandas del México profundo, el siempre marginado.

La revolución no acabaría con ese contexto de desigualdad, que fue, junto con la asfixia democrática, su caldo original de cultivo, pero Carranza sabía que era insostenible no asumir un pacto constitucional que desactivara posturas más radicales, que aglutinara sectores y acotara al menos en el papel esa ruta perniciosa de seguir relegando a los más desfavorecidos, a quienes no tenían oportunidad de un trabajo justo en las zonas urbanas o eran explotados en el campo de cacicazgos y latifundios. Al México bronco que seguía armado.

Encontrados sectores y corrientes, el 5 de febrero de 1917 (hace un siglo ya), fueron con la apuesta de Constitución carrancista que logró dejar impresa una base fundacional de reglas que asentaron, aunque no de inmediato ni de manera permanente, la vida institucional de aquella época compleja. La sociedad mexicana no salía de su entorno de lucha armada cuando el Teatro de la República en Querétaro sesionó con diputados constituyentes antes de que la rotativa de uno de ellos (la de Félix Fulgencio Palavicini , el dueño fundador de El Universal) imprimiera la Carta Magna.

Las discusiones del constituyente no fueron nada amigables y el diario de los debates da cuenta de resistencias férreas a modificar, por ejemplo, las jornadas laborales de hasta 18 horas al día. Las haciendas del sur hacia los últimos años del porfirismo habían dado trato de esclavos a los peones. Veníamos de ahí, de jornadas laborales inhumanas que se asumían como válidas y hasta necesarias.

Eso explica que los artículos 5 y 123 de la nueva Constitución pusieron acento en el papel (de ahí a la práctica faltaba un trecho) en los derechos laborales, con ocho horas de tope para una jornada. Diputados como el guanajuatense Fernando Lizardi se opusieron, pero la cordura prevaleció.

Por el estado de Hidalgo el diputado Alfonso Cravioto literalmente maldecía a todos sus colegas que no abrazaran la representación revolucionaria del pueblo, mientras la moral intransigente con resabios del siglo XIX se colaba en las redacciones: el salario mínimo sería garantizado, pero debía usarse para satisfacer necesidades y placeres honestos .

En el artículo primero se refrendaba la prohibición a la esclavitud y un avance notable era leer en el artículo 22 que también se reconocía prohibida la tortura ( azotes , palos , tormento de cualquier especie ) y que la pena de muerte se eliminaba para delitos políticos , aunque el poder no renunciaba del todo a matar, seguía aplicando paredón si se trataba de traidores a la patria o parricidas .

La libre manifestación de ideas y la libertad de escribir y publicar también se incluyó en los artículos 6 y 7 (con algunos candados censores, como la ley de imprenta que amenazaba con cárcel a las voces críticas).

El artículo 9 establecía el derecho de asociación, aunque reproducía frases ad hoc que podían tomarse como mensaje a los ejércitos de Villa y Zapata: Ninguna reunión armada tiene derecho a deliberar . Era posible reunirse para protestar contra el gobierno pero sin injurias (esa redacción permanece sin cambio) y la elección de presidente sería directa (no como el modelo de colegios norteamericano) pero estaría prohibido que compitiera por el cargo quien estuviera vinculado a una asonada , cuartelazo o motín (ese requisito ya se eliminó). Otros tiempos, los primeros pasos que se reflejan todavía en la estructura del texto.

El artículo 136 era el último del decreto original (vigente también, textual hasta hoy) y cerraba con un candado o referencia a las corrientes revolucionarias activas todavía cuando fue aprobado: Esta Constitución no perderá su fuerza y vigor, aun cuando por alguna rebelión se interrumpa su observancia .

El asesinato de Zapata en 1919 fue un golpe duro a la legitimidad de Carranza. Don Venustiano rompió con Obregón y huía de la Ciudad de México rumbo a Veracruz cuando fue asesinado apenas tres años después de los debates en el Teatro de la República. La Constitución, sin embargo, se sostuvo en su base medular hasta nuestros días. Un siglo.

*Consejero electoral del Instituto Nacional Electoral