El secretario de Relaciones Exteriores recibió la orden de filtrar una carta que el gobierno de López Obrador envió al rey Felipe VI el 1 de marzo.

El objetivo de la misiva contiene pólvora antidiplomática: el rey Felipe VI tendría que pedir perdón por los “agravios” sufridos por los pueblos originales que habitaban lo que hoy es México durante la conquista. Sólo así la relación bilateral, 500 años después, se normalizaría.

La respuesta del gobierno del presidente Pedro Sánchez a través de Josep Borrell, ministro de Exteriores, fue construida de manera inteligente de tal manera que en las tres primeras líneas transmitió la contundencia de su mensaje: “El gobierno de España lamenta profundamente que se haya hecho pública la carta que el presidente de los Estados Unidos Mexicanos dirigió a S.M. el rey el pasado 1 de marzo, cuyo contenido rechazamos con toda firmeza”.

En estricto código diplomático, la carta nunca tuvo que haber salido a la luz pública. El canon de la diplomacia invita a decodificar las molestias e inquietudes que surgen en la cotidianidad entre las naciones. Los enconos y desacuerdos políticos no se hacen públicos porque de lo contrario la opinión pública abreva las diferencias y, lo peor, polariza a la sociedad.

El entorno global encuentra en la guerra civil siria el hito que está marcando el rumbo del siglo XXI: las guerras culturales incubadas en el fenómeno de la migración.

Es común y plausible que los gobiernos pidan perdón a sociedades que fueron perjudicadas por lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, el presidente alemán Frank-Walter Steinmeier pidió perdón a los griegos que fueron víctimas del exterminio nazi. Varias empresas, incluso, también piden perdón: el presidente de la Société Nationale des Chemins de Fer Français (Sociedad Francesa de Ferrocarriles), Guillaume Pepy, expresó su lamento por el papel que jugó la compañía francesa entre 1942 y 1944, años en los que transportó a más de 76,000 judíos desde Francia a los campos de concentración nazis.

Fue Ortega y Gasset quien estimó la temporalidad de las generaciones: 15 años. Es decir, de los 500 años a la fecha han pasado más de 33 generaciones. Desde la actualidad no se puede pedir perdón bajo el ánimo revisionista.

Es conocido el poco interés que despierta la política exterior en el presidente López Obrador. No se le hizo difícil pedirle a Marcelo Ebrard que filtrara la carta a El País. Sin embargo, utilizar la diplomacia como piedra con fines domésticos devalúa su imagen en el exterior. Pensemos en el presidente turco Erdogan. Luego del ataque terrorista cometido por un ciudadano australiano en Nueva Zelanda, Erdogan aludió a la campaña de tropas australianas y neozelandesas en la península turca de Galípoli durante la Primera Guerra Mundial y aseguró que quien visite Turquía con actitud antimusulmana será devuelto a su país en ataúdes “como sus abuelos”.

México les abrió sus puertas a los exiliados españoles de la guerra civil y rompió relaciones con la dictadura de Franco. No hay necesidad de utilizar la diplomacia como piedra.

En la época de Zara y el Barcelona de Messi, los 12 de octubre ya no hay jitomates en el rostro de Colón.

FaustoPretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.