Frente a la fatiga de lo cotidiano y la omnipresencia del algoritmo, el consumo estético de las librerías regenera el ánimo.

También producen el mismo efecto sus mimesis, las bibliotecas.

En París, los sueños tienen olor a libros. En el prodigioso barrio Le Marais se encuentra La librairie, un pequeño hotel cuyo ornamento esteticista rompe con el shock del presente; con lo que Marta Peirano denomina el reality show infinito, maquinado por los algoritmos de YouTube, Twitter y Facebook.

Impensable Victor Hugo sin Le Marais, y mucho menos su place Des Vosges; la librairie se encuentra en rue Caffarelli, epicentro del Marché des Enfants Rouges, el café Charlot y una galería del cómic llamada Glénat.

El ruido que produce los pies al “romper” la madera de la librería La Central de la calle Mallorca de Barcelona, representa uno de los viajes estéticos hacia la ficción de la relajación más fantásticos que he experimentado. Pero si se trata de mimetizarse por el entorno, no es difícil elegir a La Central del Raval, en la calle Elisabets. Muy cerca del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) y del Centre for International Affairs (Cidob), que hasta no hace mucho tiempo fue dirigido por mi amigo Jordi Bacaria.

Antonio Ramírez, colombiano y cofundador de La Central, revela que a sus clientes más exigentes los “estudiamos hasta el último gesto sin cruzar palabra, aprendemos de ellos. A lo sumo hablas con alguno de ellos de política sólo para ver qué títulos lleva bajo el brazo, quizá son cada vez menos” (El País, 7 de marzo del 2016). Estudia y aprende, genial.

Una segunda comunidad en La Central la conforman “los desencantados de las universidades, gente a la que la institución, culturalmente, les ha dado la espalda”, que oscila “entre los 30 y 40 años” y que es pareja al “público productor” del sector: son traductores, editores, escritores o periodistas”, que “hasta nos utilizan para dejarse recados entre ellos” y que en los últimos años “compran menos por la crisis”. Completa el cuadro “gente de fuera de Barcelona o de España incluso, que no encuentra todo esto en su lugar de origen”.

En la colonia Hipódromo Condesa de Ciudad de México, hace 15 años corrió la leyenda de que la librería Conejo Blanco de la calle Amsterdam se convertiría en La Central. Lamentablemente no fue así. Un espantoso bar blanqueador de dinero ocupó su lugar durante varios años.

Fue en ese espacio donde me percaté de una plaga amarilla que, al parecer, “infectaba” a los inquilinos que habitaban en los libreros: Anagrama, la editorial de Jorge Herralde.

Durante una larga estancia en Barcelona hacia finales del siglo pasado, observaba con frecuencia a Herralde caminar sobre Vía Augusta y la Bonanova con una bolsa de plástico repleta de periódicos. En el comedor de la Universidad IQS, charlaba con Eduard Punset sobre algunas novelas de Anagrama. Cinco años después, mi amiga Laura Tremosa me presentó a Herralde.

En julio o agosto de 2006 lo entrevisté para La Revista, un semanario del diario El Universal. Herralde me contó la historia de Anagrama, de la venta que hizo de una planta industrial que le heredó su padre al premio Pulitzer de John Kennedy Toole (La conjura de los necios) que le salvó de la quiebra.

Anagrama ha sorteado la recomposición del mercado del libro español. Del furioso oligopolio encabezado por Planeta, Herralde la ha vinculado con la italiana Feltrinelli. Es evidente que el objetivo de la decisión es mantener el perfil de su catálogo, eje transversal en la calidad de los títulos.

Las noticias falsas, hechas para indignar

Las librerías no han perdido la batalla contra el Kindle de Amazon o Google. Es la estética y no el precio su flotador. El gobierno de los reality maquinado por los algoritmos ha convertido el engagment en una droga dura para los medios de comunicación, donde las fake news son diseñadas para indignar; lo mismo sucede en las redes sociales, las “nuevas telenovelas”. Lo escribe Peirano en su libro El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019).

Al paso de los años las librerías se han convertido en un fenómeno. De la venta, al placer; de un solo significado a la polisemia, un refugio apocalíptico. Un paseo por alguna librería puede resultar un perfecto sustituto de una charla con un psicoanalista. La racionalidad enciclopédica como línea de salvación.

Las zonas urbanas se han convertido en laberintos del miedo. No hay salida. En Ciudad de México, por la inseguridad. En Barcelona y en París, por el turismo.

En La Central conocí las Últimas tardes con Teresa (Juan Marsé) y La ciudad de los prodigios (Eduardo Mendoza). Es decir, en La Central conocí Barcelona.

La próxima ocasión que platique con Jorge Herralde le tendré que “reclamar” mis acciones de Anagrama. He transferido una cantidad importante de dinero a cambio de sus libros.

Gracias, Jorge.

@faustopretelin

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.