La llegada de un nuevo año usualmente implica alegría y esperanza. Es un momento de renovación que nos permite intentar hacer los cambios necesarios para mejorar como seres humanos. Sin embargo, los deseos de salud, esperanza y amor que entre abrazos la gran mayoría de los mexicanos se deseó al llegar la medianoche del 31 de diciembre no se materializaron para la industria de telecomunicaciones. 

Los mensajes que se reciben desde el ejecutivo hablan de forma disparatada de conspiraciones neoliberales, desperdicio de fondos y de la falta de bienestar para la mayoría de la población. Se presume que los entes autónomos creados por la última reforma constitucional atentan al desarrollo económico del país y por esta razón deberían desaparecer.  

El primer inconveniente que veo a esta postura no es que se pida mejorar entidades que pueden ser perfectibles sino la tendencia del poder legislativo a pintar todo de blanco o negro. Es un discurso peligroso en donde se establecen bandos opuestos, como si se tratara de una batalla.  

El segundo problema que encuentro en las afirmaciones del ejecutivo es la falta de razones creíbles para eliminar entidades como el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), la Comisión Federal de Competencia Económica o el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales. Sobre todo, cuando se tratan de entidades que han mostrado durante su corta existencia como se pueden defender los derechos de los consumidores en un entorno en el que históricamente la presión de otros intereses parecía dominar las decisiones gubernamentales.  

Precisamente este pasado no tan glorioso es el que me crea desconfianza al escuchar el deseo de eliminar la independencia de estos organismos constitucionales para convertirlos en apéndices del poder legislativo donde la discrecionalidad del ejecutivo de turno tendrá más importancia que la decisión de comisionados colegiados. 

Sinceramente, si me enfoco en el sector de telecomunicaciones que es el que mejor conozco, las quejas que se hacen desde presidencia hacia el IFT son infundadas. Este regulador no es deficitario, todo lo contrario, por cada peso que cuesta al gobierno el IFT le genera más de 20 pesos. Dicho de forma directa y franca, afirmar que el IFT malgasta el dinero de los mexicanos es una burda mentira.  

Ahora queda pensar cuales son los motivos que impulsan tal descarada desinformación. Sin entrar a ser el abogado del diablo, considerar conspiraciones templarias o masónicas, me limitaré a revisitar los comentarios que desde el origen del presente sexenio se han dado para desacreditar al IFT y otros entes encargados de promover el desarrollo de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) en el país.  

Así podemos recordar los desaforados ataques en contra de un México Conectado acusado de todos los pecados posibles. Quien escuchaba las acusaciones de mala administración y hasta corrupción de esta entidad podría asegurar que en cada uno de los nueve infiernos de Dante se podría encontrar el logo de México Conectado con unos cuantos de sus funcionarios. Ante tanta maldad vimos cómo se disuelve la institución para crear una CFE Telecom con promesas de conectividad geográfica (inicialmente sólo con fibra).  

Luego de tanta anticipación y algarabía el nuevo ente se ha quedado corto al no poder cumplir las hiperbólicas promesas o expectativas del presidente. Tristemente esto no es sorpresa para nadie que conoce un poco del sector de cómo funciona la industria de telecomunicaciones, las metas que se supone cumpla CFE Telecom, ahora con el apellido, Internet para Todos, eran irreales. Confundir cobertura geográfica con acceso a servicio y sobreponer la misma a la cobertura poblacional es una soberana estupidez. ¿Tiene presidencia asesores en el tema de telecomunicaciones? ¿Cómo permiten tantas cantinfleadas por parte del principal ejecutivo del país? 

Desgraciadamente, no puedo evitar pensar que lo que estamos observando es una cacería de brujas en la que todo lo hecho por la administración del sexenio pasado se juzga como un sacrilegio. Lo complicado de este acercamiento es que se maneja en absolutos, donde quien juzga se piensa poseedor de la verdad suprema.  

Por esta misma razón, se me dificulta ver como las reformas que se exigen basadas en demagogia y desinformación pueden tener como objetivo el bienestar de todos los mexicanos. Lo veo más como un pretexto funesto para satisfacer un orgullo herido de alguien que para bien o para mal se desprecia, pero que fue capaz de imponer reformas constitucionales que en algunos casos si han tenido un efecto positivo. No se puede ser tan pequeño como líder.  

De esta forma es que puedo entender el teatro de las mañaneras, ese discurso caricaturesco que se hace para contentar a las masas que no se preocupan en verificar las medidas que implementa este gobierno que están más cercanas al neoliberalismo que tanto se condena que al gobierno por y para los pobres que se pregona. En resumen, populismo barato y demasiado costoso para el país, que estará pagando por décadas los desatinos de muy pocos años.