“Hay una falacia narrativa, combinada con el hecho de que, obviamente, algunos artistas que eran exitosos en el pasado no sobrevivirán en este nuevo panorama, donde no puedes grabar música cada tres o cuatro años y pensar que eso será suficiente”. Estas palabras que Daniel Ek, fundador de Spotify dijo a la revista Music Ally el 30 de julio fueron la gota que derramó el vaso y detonaron una nueva ofensiva contra la plataforma de streaming por parte de la comunidad artística. El fundador de esta plataforma, que superó los 320 millones de usuarios en el mes de octubre —de los cuales 144 millones pagan una suscripción mensual—, se ha convertido en uno de los villanos de los músicos por pensar y promover que un artista debiera “fabricar contenido” como si se tratase de una línea de producción constante para alimentar la atención.

En momentos donde la industria de los conciertos está casi paralizada en su totalidad —salvo algunos experimentos osados como el concierto que The Flaming Lips realizó con su público aislado en burbujas de plástico o los autoconciertos que se han intentado en distintas partes del mundo—, la industria musical depende para subsistir de las ventas de música en formatos físicos, la venta de mercadería de los artistas y los ingresos por la reproducción en plataformas de streaming.

La campaña Justice at Spotify es un esfuerzo que ha congregado a más de 18,481 artistas de todo el mundo —que hasta ahora incluye a miembros de Galaxie 500, Zola Jesus, WOODKID, Ted Leo, Tegan (de Tegan & Sara), Porter, el jazzista mexicano Hernán Hecht, entre muchos otros— en busca de un modelo más justo y equitativo en la manera en que se le compensa a los artistas en las plataformas de streaming. Este nuevo movimiento global está exigiendo el pago de un centavo por reproducción; que Spotify acabe con sus prácticas abusivas contra los artistas, y la adopción de un modelo de pago centrado en los usuarios, donde los artistas reciban un pago directamente relacionado a la cantidad de reproducciones que reciben.

Spotify volvió a caer en el fuego y los reflectores, luego de que en días pasados presentó una modalidad que le permitiría a los artistas ofrecer algunas de sus canciones para los algoritmos de recomendación que alimentan sus estaciones de radio y las playlists que ofrecen a los usuarios a cambio de un pago de regalías con descuento. Esto significa que un artista podría promocionarse en la playlist del desayuno, el amanecer indie o la del ejercicio y a cambio recibir una fracción aún menor como compensación. Esta iniciativa despertó los ecos de la antigua payola, aquella vieja práctica de la industria discográfica donde se le pagaba a los programadores de radio para que pusieran la canción de un artista.

En este terreno digital, Bandcamp es la plataforma que ha ganando adeptos entre la comunidad de artistas y fanáticos que buscan apoyar de forma independiente a sus bandas favoritas. Una de sus estrategias, con una visión autosugestiva y punk, para apoyar a su comunidad de músicos durante la pandemia, es la de organizar ventas especiales donde las regalías de un viernes al mes se destinan en su totalidad hacia los artistas. 

A diferencia de Spotify, el fundador de Bandcamp, Ethan Diamond, no concibe a la plataforma como un servicio de streaming. “Nos considero una tienda de discos y una comunidad musical”, dijo Diamond al músico Damon Krukowski para la radio pública estadounidense NPR. Krukowski es uno de los promotores de esta campaña de Bandcamp. “La principal diferencia es que somos una manera directa para apoyar a los artistas que tú disfrutas escuchar. (…) Y cuando compras algo digital en Bandcamp, lo que estás comprando es acceso”, dijo Diamond.

Spotify y Bandcamp se han colocado en los polos opuestos de esta cruzada digital. Mientras Spotify aumenta su apuesta por sumar más usuarios que sólo consuman contenido y entreguen su data, Bandcamp ha buscado empoderar a los artistas para que puedan hacer lo que quieran en sus propios términos.  

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Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea