López Obrador anunció quiénes dirigirán Pemex (Octavio Romero Oropeza) y CFE. Ambos nombramientos han causado desconcierto y sobresalen los comentarios sobre Manuel Bartlett, mencionado futuro director de CFE, por su pasado en el proceso electoral de 1988 y la “caída del sistema”.

Sin embargo, lo verdaderamente importante son los cuestionamientos sobre si cuentan con la capacidad técnica y los conocimientos para hacerse cargo de dos de las empresas más grandes y complejas de México y América Latina. Ambas tienen continuas pérdidas que finalmente tiene que absorber el gobierno mexicano y un fuerte endeudamiento que se entiende respaldado por el propio gobierno.

Pemex tuvo como director a Emilio Lozoya desde el arranque de la administración en diciembre del 2012 hasta su remoción el 8 de febrero del 2016. Quizá una de las épocas más desordenadas de la empresa. Despilfarros, corrupción y malas decisiones llevaron a la petrolera a crecer su abultada deuda a más de 50% de la que tenía al inicio, sin incremento de la capacidad de generar ingresos, por el contrario, nuevos compromisos que incrementaron el gasto como la adquisición de la planta “chatarra de fertilizantes” que requiere inyecciones de dinero sin producir nada.

Como muestra: un párrafo del reporte “al tercer trimestre del 2015 (reporta los resultados de todo el año hasta el 26 de febrero), la deuda financiera de Pemex asciende a 87,318 millones de dólares (mdd), de los cuales 11,690 mdd son deuda a corto plazo. En este rubro, la deuda creció 36.3% en sólo nueve meses”.

El 26 de enero, el subsecretario de egresos anunció que “evalúa inyectar capital a la empresa productiva del Estado y permitirle emitir más deuda, siempre y cuando tenga un plan de ajuste con credibilidad que garantice que la firma puede ser sostenible”.

El Banco de México pidió un recorte y saneamiento de Pemex en su reunión del 4 de febrero y el 8 fue cesado Lozoya, para iniciar la estabilización de la empresa, dado el grave peligro que esto representaba para las finanzas nacionales.

Pero el daño ya estaba hecho y significó parte del incremento de la deuda nacional que a mediados de ese año se acercó a 50% del PIB. Para reducirla, recuperar la calificación crediticia y con ello bajar las tasas de interés, el gobierno casi eliminó el gasto de inversión en los ejercicios 2017 y 2018. El gasto más bajo en los últimos 50 años, hipotecando el futuro.

AMLO va a recibir la deuda pública más alta de la historia, con poco margen de maniobra, producto de una o varias decisiones equivocadas de la dirección de Pemex, que pueden derivar en una crisis de la economía nacional con lo que entrañe de inflación, devaluación, etcétera.

Por su parte, Manuel Bartlett se ligó al SME, sindicato de los empleados de Luz y Fuerza del Centro (LyFC), desde el 2005 y los ha acompañado pasando por el cierre de la empresa en agosto del 2009 y el nuevo empoderamiento a través de transferirles centrales generadoras para que las operen. LyFC ha sido la empresa más improductiva del sector eléctrico a nivel mundial.

Adicionalmente, su enfoque de que lo importante es que la energía la produzca CFE, no obstante cueste más que la que compra, aunado a sus compromisos con el SME, no avizoran un buen panorama para las finanzas de esta empresa que también grava sobre las espaldas de los mexicanos con sus grandes pérdidas que al final pagamos todos con nuestros impuestos.

López Obrador debe ser consciente de que en materia energética, con sus nombramientos, está jugando con fuego y todos sabemos que el que juega con fuego, tarde que temprano, se quema. El problema es que quienes terminaríamos quemados seríamos los mexicanos con una nueva crisis económica si no existe orden en este sector.