Las dictaduras no pertenecen al siglo XXI.

Las épocas de dominio territorial y conquistas concluyeron en el siglo XX. El mapa de África se dibujó con trazos en líneas rectas porque la impunidad estaba normalizada. China desea tangibilizar su fortaleza devorando el Mar de China. Reino Unido no desea olvidar que algún día fueron imperio manteniendo vivo el Peñón de Gibraltar, cuya economía depende de España, y las Malvinas.

En efecto, hablar de dictaduras en el siglo XXI es viajar hacia el siglo pasado. Las dictaduras son parques temáticos donde se aplica la tortura por oficio y la ley de la selva en lugar de la Constitución.

Hubo una época en la que Fidel Castro se pavoneaba en cumbres internacionales. Fue recibido con aplausos en Guadalajara durante la primera Cumbre Iberoamericana. Su empatía lo convirtió en un santo. La ideología como religión política. Hoy, Nicolás Maduro no puede viajar a la Unión Europea. Viajó a México el 1 de diciembre de 2018 para asistir a la comida que ofreció el presidente López Obrador, día en que asumió el poder. Maduro no logró entrar al Congreso. Le dijeron que su presencia iba a desatar la furia entre los diputados del PAN. Lo asumió. Se dejó fotografiar en el zócalo capitalino rodeado por guaruras cubanos.

Hubo una época en que el dictador Muamar el Gadafi viajaba a París acompañado de esclavas sexuales para financiar campañas políticas a Nicolas Sarkozy. Pocos se escandalizaban.

Hubo una época en la que filósofos apoyaron el movimiento nazi: Heidegger y su dasein, el ser ahí.

Pero el siglo XXI está destinado a convertirse en el siglo de las agendas verde, de género y de derechos humanos. ¿A quién se le ocurre desbordar sentimentalismo cursi por las dictaduras del siglo XX?

En efecto, las dictaduras no pertenecen al siglo XXI. Hoy, solo se deberían ver en Netflix en formato documental o película. Muchos de ellos, excelentes.

La tentación por no ser libre resulta un acto de seducción para muchos; ser pensado, emociona a otros. Transferir la libertad a un general o a un maniaco populista, también resulta un acto seductor para muchos. Ser vivido también es morir en vida.

Un día, Miguel Díaz-Canel amaneció con la noticia de que 4.4 millones de cubanos (40% de la población) usan redes sociales gracias a internet. Los paradigmas cambiaron; su catecismo “patria o muerte” cambió por el de “patria y vida”. La feligresía fue abandonando el censo demográfico. Ahora, Jack Dorsey es enemigo de la revolución. Creador de una especie de twitter llamado ZunZuneo, puede ser llamado por los revolucionarios como “injerencista malvado” (no intervención, libre determinación de los pueblos; ¡que viva la doctrina Estrada! ¡Que viva México, cabrones!).

ZunZuneo es una red social que fue construida a través de mensajes cuyo contenido era deportivo o musical para sortear la censura del gobierno cubano. Una vez obtenida una masa crítica de usuarios empezarían con los mensajes cargados de ideología política. Su objetivo estaba en que estos mensajes incentivarían a personas a realizar manifestaciones contra el gobierno de Raúl Castro y así “renegociar el equilibrio de poder entre Estado y Sociedad”.

En febrero de 2010 fue introducido ZunZuneo en Cuba. En seis meses ya tenía 25,000 suscriptores. Hoy, 2010 parece la edad de piedra. En los tres últimos años la penetración de internet en Cuba se ha disparado. El gobierno revolucionario asocia internet con pizarrones. Error, es disruptivo. Convierte a los barbudos revolucionarios en estatuas de sal.

El XXI no es un siglo para la existencia del monopolio de la verdad.

El manual del buen dictador tiene a la retórica como su medicina tóxica-ideológica. Las nuevas generaciones son inmunes, pero Díaz-Canel vive en la prehistoria.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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