La pérdida de los 2,000 millones de dólares es mucho para quien sea, incluso para un banco como JP Morgan que puede triplicarlos en sus ganancias trimestrales.

Los esquemas creativos se supone que deberían ser limitados en Estados Unidos y en el resto del mundo ?a través de las convenciones internacionales.

En México, el grito desde la tribuna del Congreso de ese sensacional orador y pésimo Presidente que fue José López Portillo era: Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear . Y ocurrió después de eso una y otra vez más.

Cuando en Estados Unidos la quiebra de Lehman Brothers se convirtió en el clímax de una crisis financiera plagada de abusos y manejos irresponsables desde los bancos más grandes de ese país, el grito desde Washington fue el mismo: nunca más.

El gobierno estadounidense dejó quebrar a uno de los bancos de más tradición en ese país y esa señal de abandono a un jugador extremo de los mercados fue como un disparo a la manada que salió despavorida, ayudando a que la recesión que ya estaba en marcha se ahondara con resultados todavía hoy visibles.

Después de ese error de cálculo, no quedó más remedio que sacar la chequera oficial para iniciar el rescate de cuanta institución financiera presentara problemas y con su quiebra amenazara la estabilidad de todo el sistema financiero.

El país campeón de la economía de mercado se convirtió así en un gobierno interventor y propietario de los intermediarios financieros.

Los billones de dólares salieron a relucir, pero sin convertirse en regalos. No fue ningún Fobaproa donde se inventaran bonos de deuda. No; allá el gobierno tomó como garantía simple y sencillamente las acciones de los bancos.

Cuando las cuentas mejoraron, cuando pasó la amenaza de la quiebra y cuando los accionistas originales vieron la oportunidad de retomar el negocio, fueron a tocar la puerta de la Casa Blanca para recuperar sus acciones. Sólo que el precio ya había cambiado. El gobierno de Estados Unidos hizo un gran negocio con este rescate.

Pero a la par de soltar el dinero, lanzaron la amenaza de que se había acabado la temporada de los deportes extremos en los mercados.

Desaparecieron los bancos de inversión, para dar paso a la banca múltiple controlable y auditable.

Los esquemas creativos se supone que deberían ser limitados en Estados Unidos y en el resto de los países del mundo a través de las convenciones internacionales.

Pero ahora que ya pasó el tiempo y que la crisis del 2008 parece historia antigua para estos financieros que viven en el día a día, surge una nueva historia de terror.

El protagonista es JPMorgan Chase. Una institución que sería el equivalente a practicar la caída libre sin paracaídas. Uno de los grupos que más le gusta jugar en la orilla, confiando siempre en su buena suerte.

La semana pasada, Jamie Dimon, director del grupo, anunció una pérdida de 2,000 millones de dólares por un mal manejo de una cartera de derivados.

Los 2,000 millones de dólares son muchos para quien sea, incluso para un banco como JPMorgan Chase que puede triplicar esa cantidad en sus ganancias trimestrales.

Sobre todo porque queda la duda de si realmente la historia para ahí, en una pérdida así, o si bien ésa es la punta del iceberg, como ha ocurrido con otros bancos o con países enteros como Grecia, donde alguna vez se dijo que se resolvía el problema helénico con 300 millones de euros.

Lo que ocurre con este grupo financiero, que ahora colabora con la desconfianza en los mercados, es que comprueba que no puede una empresa, un banco o un país guiarse por el carisma de un líder.

Dimon se había ganado la confianza de los mercados, tanto como en su momento se la había ganado Bernard Madoff. O Fidel Castro o el mismo Hitler.

Al final, las reglas ponen esos límites pensados con la cabeza fría para cuando llegan los momentos de la sangre caliente, porque es ahí cuando fallan hasta los más centrados.

Después del niño ahogado en el pozo de los derivados, se toman decisiones de cortar cabezas y redimensionar áreas completas del banco, que podrían ser más, pero el golpe a la credibilidad está dado.

Es la muestra de que la fábula de la rana y el escorpión está más vigente que nunca en los mercados financieros. Nunca podrán contra su naturaleza.

La creatividad de los que manejan el dinero y si hoy son 2,000 millones de dólares, mañana podrán ser más y los volverán a saquear.

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