A más de 20 años de la incursión de las telecomunicaciones móviles en el país tenemos un segmento móvil altamente concentrado, lo que significa que el operador principal ostenta 70% del mercado, tanto en número de líneas como en los ingresos del segmento.

El operador móvil principal (incumbente, dominante o como se quiera denominar a su capacidad de influir en evitar la baja de precios y así extraer el excedente del consumidor), pertenece al mismo corporativo que el dominante fijo que, de manera similar, participa con cuatro quintas partes del segmento de telecomunicaciones fijas, además de ofrecer casi dos terceras partes de los servicios de banda ancha en el país.

Todo lo anterior, a pesar de que hace casi dos décadas fue creada la Comisión Federal de Competencia (CFC), órgano desconcentrado con autonomía regulatoria, cuya función principal es fomentar precisamente eso, la competencia, con base en el combate a las prácticas monopólicas y la eliminación de la concentración en los mercados.

El papel de la CFC

Al considerar que la CFC tiene como objetivo principal procurar la maximización del bienestar social derivado de la competencia, es de esperar que las disposiciones que promuevan la competencia efectiva, resultando en un mercado con un territorio más equilibrado, deban considerarse positivas.

Al respecto, la teoría económica reconoce como Óptimo de Pareto una situación en la que se alcanza el máximo bienestar posible de todos los competidores; es decir, que no se puede beneficiar a alguno sin perjudicar a otro. Sin embargo, frecuentemente en el mercado mexicano parecemos estar mucho más próximos a un caso que podríamos denominar como un Pésimo de Pareto, donde cualquier disposición o acción regulatoria podría beneficiar la operación sistémica del sector, incluidos -sobre todo- a los nuevos competidores.

Dadas las condiciones actuales, el segmento móvil de las telecomunicaciones en México comprende un operador principal, dominante, incumbente o como quiera llamarse, un segundo operador mediano y dos operadores pequeños. Como resultado, el mayor afectado es el consumidor final, que recibe servicios caros y de mala calidad. Si, por el contrario, esta adquisición contribuye al aumento en la utilidad del consumidor, ofreciéndole una mayor capacidad de decisión sobre los servicios que necesita, pues qué mejor.

¿Qué, acaso, es tan difícil de entender?

Entonces, hay buenas noticias en el panorama. El ecosistema competitivo móvil apunta hacia cambiar de un operador dominante y otro mediano a un escenario de cuatro operadores fortalecidos, con la entrada de Nextel (4% de las líneas del mercado) y sus próximos servicios celulares de nueva generación, junto con Iusacell (5% de las líneas del mercado), también ahora fortalecido. Todo esto no puede más que promover un funcionamiento más sano de la industria.

Time to market time to regulate

A lo largo de los años ha habido innumerables intentos de reducir la concentración y evitar las prácticas monopólicas en los diversos segmentos de las telecomunicaciones, ya que el objetivo final de todo organismo regulatorio debe ser siempre beneficiar a los usuarios. Sin embargo, la mayoría de esos intentos han sido por demás fallidos, erráticos, titubeantes e incluso capturados. Por más éxito que se busque argumentar, la generalidad de dichas disposiciones regulatorias han sido detenidas o se han llevado a cabo sin efectos prácticos.

Sin duda convendría hoy hacer un alto y reflexionar sobre las implicaciones de la competencia. ¿Qué es en realidad un mercado competitivo? ¿Cuál es la regulación asequible? Y ¿qué nos ha faltado para comenzar a gozar de estos beneficios?

Es claro que el tema de la competencia en este sector es complejo y no existe un libro de texto acabado para su instrumentación. El grado de competencia depende de varios factores, como las características tecnológicas, de mercado, de sus elevadas economías de escala; y claro, del grado de captura regulatoria, jurídica y/o gubernamental de los regulados. Con todo, terminan siendo mercados que, al operar fuera de cualquier intervención regulatoria, tienden a la concentración absoluta.

Hoy día, lo que necesitamos son acciones definitivas que limiten la dominancia presente en el mercado de las telecomunicaciones, combinadas con nueva competencia efectiva. De esta forma, consolidar un ecosistema competitivo balanceado que deje la decisión más difícil, la de la elección, en las manos de un consumidor final con alternativas de servicio efectivas y también diversificadas.