La idea de Europa no deja de recibir golpes de dos tipos: sistémicos y nacionales. El que Italia prepara asestar representa la culminación y la fusión de estos dos tipos de crisis.

Por un lado, Europa ha intentado resolver la crisis financiera del 2009 que derivó en una crisis de la deuda porque fue mal manejada. Cinco años más tarde, a partir del 2014, estalló la crisis migratoria detonada por la guerra en Siria.

Estas crisis vinieron a golpear a los estados miembros. Irlanda, España, Portugal y sobre todo Grecia se hundieron económicamente pero supieron resistir al populismo. A la inversa, los países de Europa central y oriental, a quienes les fue bien económicamente durante la crisis (Austria, República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia), respondieron ante el flujo de migrantes a sus países, con gobiernos parcialmente o totalmente dominados por partidos xenófobos y antieuropeos.

Los resultados electorales del año pasado, en tres de los seis países fundadores de la Unión Europea como lo son Países Bajos, Francia y Alemania, permitieron un breve respiro. Los populistas de estos países se quedaron en las puertas del poder.

Sin embargo, el resultado de las elecciones italianas podría precipitar al viejo continente en una seria crisis. El nuevo gobierno en Roma con dos partidos “antisistema” promete zarandear todo el sistema económico, y quizás político, de Europa. Los dos socios en el poder, el Movimiento 5 Estrellas y la Liga, proponen un programa económico que pondría el gasto público de la tercera economía de la zona euro fuera de control.

Este programa promete a la vez aumentar los gastos (sistema de pensiones, ingreso universal de ciudadanía, política de fomento a la natalidad y de grandes inversiones) mientras bajaría no solamente el Impuesto sobre la Renta (con un flat tax de 15 a 20%) sino los impuestos a la gasolina, esto en uno de los países más endeudados del mundo.

Esto significaría que Italia dejaría de cumplir con los compromisos de la zona euro, por ejemplo, tendría un presupuesto anual con más de 3% de déficit (con el objetivo de bajar a 0% a corto plazo) y una deuda acumulada de 60% del PNB (Italia ya tiene más del doble).

Peor aún, este programa económico improvisado y sin evaluación cuantitativa formal sería la dirección política que adoptaría el nuevo gobierno, una dirección que se asemeja no a una alternancia política sino a un cambio de régimen. Es notable el cambio drástico de un país que siempre había sido fervientemente europeísta y cuyos funcionarios todavía encabezan la política económica (con Mario Draghi presidente del Banco Central Europeo) y diplomática (con Federica Mogherini, alta representante de la Política Exterior y de Seguridad Común) de la Unión.

Aún estamos lejos de un Italexit, pero es de esperar que Angela Merkel escuche por fin al otro líder del continente, el presidente francés Macron, y asuma que sus decisiones en materia económica y de migración provocaron ondas de choque en el resto del continente.

Las elecciones europeas del 2019 marcarán la hora de verdad. Si los populistas logran la mayoría en el Parlamento europeo, podrán deshacer todo el proyecto. Y también están al acecho en Alemania y Francia.