Cerca de las cuatro de la tarde nos sentamos a comer. En la mesa no puede faltar el humus. Enfrente de nosotros hablan en hebreo, quizá discutan de política o religión; tal vez de ninguna de las dos. A un lado, niñas con burka regresan a su casa después del colegio. No hay violencia, no hay silencio. Es Acre (Akko) al norte de Israel.

Medio Oriente suena lejos de México; más de 15 horas en un avión reafirman la distancia entre ambos lugares. Leemos de su historia y guerras; las respetamos pero a la mayoría de nosotros no nos afectan. O eso llegamos a pensar.

Días antes de viajar fui cuestionado infinidad de veces. ¿Viajar a Israel? ¿No es peligroso? ¿No están en guerra? . Es la imagen de un país que por años ha estado inmerso en conflictos bélicos. Pero no es tan malo ni tan bueno como lo pintan.

Israel es un país con diferentes caras. Hablando superficialmente, se puede beber cerveza en la playa de Tel Aviv y pasear con toda libertad por su rambla que más que estar en Medio Oriente remite a sitios como Miami o Punta del Este. Pero si uno quiere entrar a un centro comercial, tiene que pasar una revisión con detector de metales.

Cada vez que uno sube a un tren, es interrogado por un elemento del ejército y acá me dice un amigo mientras más árabe pareces más te revisan . Empero, si uno intenta entrar a la Iglesia de la Anunciación en Nazaret, ni detectores de metales, ni policías ni ejército.

Letreros en hebreo, árabe e inglés ponen en manifiesto el aspecto multicultural de una tierra que ha sido peleada por años y que aún gana su libertad día con día. Sus calles reflejan la gran historia del territorio central de algunas religiones y su gente escribe páginas de su futuro que a veces, se aleja más de las creencias piadosas. Es Israel, es Tierra Santa.

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