La introducción de nuevos alimentos en el gusto de las personas y el desperdicio de comida son dos factores que están interrelacionados. El acceso a alimentos frescos y de calidad es uno de los grandes debates sobre la calidad de la dieta contemporánea. Algunos economistas y estudiosos de salud pública señalan que el acceso a alimentos frescos y no procesados es uno de los diferenciadores más importantes en cuanto a la calidad de la dieta, que está relacionado con un mayor nivel adquisitivo. Es decir, a mayor nivel adquisitivo, mayor acceso a alimentos frescos o menos procesados. Dicho de otra manera, algunas personas argumentan que es más barato consumir alimentos procesados densamente energéticos que alimentos frescos que podrían ser más caros y que tienen un nivel de saciar el hambre mucho menor. Hay quienes, por el contrario, afirman que el hecho de consumir alimentos frescos no responde a un mejor acceso, sino a una construcción cultural de lo que es satisfactorio para comer.

Además del acceso a alimentos frescos, se ha mostrado interés en relacionar este acceso al hecho de consumir una gran variedad de alimentos, por lo tanto, a tener una variedad en la ingestión de nutrimentos. Además, se ha relacionado la variedad con la aptitud de los niños en probar sabores nuevos, por ejemplo, de frutas y verduras. La exposición de los niños a diferentes alimentos y la familiarización y el gusto por algunos de ellos se inculcan dentro de la familia. ¿Y qué relación se ha observado científicamente entre el acceso a alimentos frescos y el gusto por conocer otros sabores?

Investigadores de Copenhague y Harvard han observado en estudios conducidos en diferentes lugares que todo esto guarda una relación con el tema del desperdicio, más allá de un factor económico. Es decir, los padres de menor nivel adquisitivo muestran mayor preocupación por el tema del desperdicio de alimentos en caso de que un niño rechace fehacientemente comerse el brócoli de su plato. Los padres con mayor nivel adquisitivo no se preocupan tanto por el desperdicio, sino por el hecho de que sus hijos incorporen el hábito de comer variado, desde brócoli hasta coles de Bruselas.

Estos descubrimientos nos demuestran diferentes factores socioculturales que hay que tener en cuenta para mejorar la alimentación de las poblaciones. Por un lado, nos habla de la influencia de los factores socioculturales, en este caso, el nivel socioeconómico para poder introducir una variedad de alimentos a la dieta familiar. El tema del desperdicio se ha vuelto una cuestión central en las preocupaciones contemporáneas por una alimentación más sustentable. Estos hallazgos demuestran cómo cuando nos ocupamos de una sola dimensión de la alimentación, en este caso el hecho de tener mayor variedad de alimentos frescos, puede ir en detrimento de otra dimensión, como lo es el hecho de evitar el desperdicio. Estos mismos dilemas son los que enfrentamos día con día, cuando privilegiamos una u otra dimensión. ¿Comer lo que se nos antoja o lo que deberíamos comer? ¿Comer lo que satisface o lo que está a la mano? ¿Favorecer la introducción de nuevos alimentos, aunque en el proceso haya desperdicio? Abordar estas temáticas por grupos específicos de la población es sin duda un enfoque útil para aproximarnos mejor a las necesidades específicas de las personas para mejorar su estilo de vida.

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