Se cumplen ya varias décadas de que el gobierno dejó de intervenir en los mercados para fijar precios, salvo algunas excepciones en que no ha entendido, ni aprende de la evidencia empírica, que su intervención la mayoría de las veces es en contra de los males que desea corregir.

Fijar precios tope muy bajos provoca excesos de demanda, los cuales terminan afectando a quienes en verdad requieren de los bienes y derivan en que los productores se salgan de esos mercados al ser poco atractivos los precios.

Hoy en día existen todavía algunos productos a los que se les fijan precios, como el azúcar o el maíz, aduciendo argumentos que poco tienen que ver con las condiciones de producción, con la escasez relativa de los productos o con el bienestar de los consumidores.

Quienes requieren el producto referido terminan pagando precios más elevados que los que pagarían si el mercado funcionara libremente.

Fijar precios mínimos muy elevados tiene el efecto de producir excesos de oferta y eso hace que muchos oferentes se queden con sus productos y que los demandantes terminen pagando precios más bajos que los que se pagarían en un mercado que funcionara libremente.

En ambos casos, es el gobierno el que termina utilizando recursos que tienen usos alternativos para remediar el problema, aunque cabe señalar que dependiendo del instrumento que se utilice la solución será más efectiva y duradera.

Por regla general, también podemos afirmar que los subsidios mal aplicados generan distorsiones en los mercados y terminan beneficiando sólo a quienes menos necesitan de ellos.

Ahora surgió el temor de que el gobierno intervenga en los mercados fijando precios de lo que llaman insumos estratégicos, obviamente con el pretexto de abaratar los mismos para ciertos productores y que éstos no eleven sus precios finales de venta.

El argumento suena muy atractivo, aunque la evidencia acumulada en el pasado, en las décadas de los años 70 y 80, no deja lugar a dudas.

Para combatir este mal de los precios muy elevados, en el mercado interno se recurrió al instrumento de abrir la frontera a las importaciones sin arancel, lo que efectivamente detuvo en seco a todos aquellos que aprovechaban la frontera cerrada para hacer su agosto.

El fomentar la competencia interna tiene un efecto similar.

Cuando más de un productor tiene que competir para ganar cuotas de mercado, o simplemente para conservar la que ya han ganado, tienen que ofrecerse precios más bajos y mejor calidad.

Esta solución trae aparejada la necesidad, por parte de los productores, de invertir en investigación y desarrollo para mantenerse a la vanguardia en términos de calidad y precio. Tal es el caso de muchas industrias, como la de automóviles o la de aparatos electrónicos, en las que hemos visto cómo en años recientes los precios de muchos productos han bajado y la calidad de los mismos es infinitamente superior.

No es el caso en los mercados poco competidos, que también existen en el país basta mencionar como ejemplos a los de telefonía y los servicios de telecomunicaciones , cuyo servicio es de muy mala calidad y los precios muy elevados.

Ni qué decir de la electricidad, el gas y los derivados del petróleo.

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