La literatura en ocasiones les juega una mala pasada a los escritores. Muchos de ellos son recordados por frases póstumas que nunca dijeron. Desde “el fin justifica los medios” que nunca aparece en El príncipe de Maquiavelo hasta el “ladran, Sancho, señal que cabalgamos” que jamás enunció el Quijote.

Jorge Luis Borges tampoco se ha librado de esta paradójica jugada del destino que incrementa su eterno legado a las letras españolas. Me refiero al poema apócrifo “Instantes” donde se presenta una voz autobiográfica que parece arrepentirse de su existencia. Los versos están tan bien construidos que cualquier conocedor de la biografía de Borges puede identificar como éstos sí podrían hacer referencia a la vida del escritor. No obstante, quienes conocen sus escritos no pueden identificar el lugar de esas palabras en “la biblioteca de Babel”.

La autorreflexión nos regala la imagen de un ser desdichado, al que la vida le pasó por el lado mientras que él se centraba en asuntos insignificantes. En otras palabras, es el Scrooge de Dickens sin los tres fantasmas que le salvan el espíritu. No obstante, quien se quiso pasar por Borges nos advierte en una estrofa de dos versos que lo más importante, como le hizo comprender la rosa al principito, es invisible a los ojos porque “por si no lo saben, de eso está hecha la vida / sólo de momentos; no te pierdas el ahora”.

Un ahora que tiene tantas interpretaciones como seres humanos hay en este mundo. Un ahora que en el poema se presenta siendo parte de un mundo análogo donde los viajes en calesita implican una diversión calmada, contemplando cada crepúsculo sin preocuparse del clima, los deportes o la demagogia.

El ahora digital es distinto, más corto y supuestamente más eficiente. Si antes se precisaba de todas las manchas de un jaguar para almacenar la existencia, ahora basta con un semiconductor de memoria. Antes bastaba con acumular el conocimiento en libros, ahora es oportuno ver un pequeño video que condense el conocimiento puntual deseado. Para qué preocuparse con ver el arcoíris si con ver un solo color es suficiente.

Sin embargo, este mundo que prima la información rápida al contexto ofrecido en largas explicaciones es deshumanizante. Ahora los desastres duelen el tiempo que decidan darle los noticieros y las tragedias extranjeras parecen reducirse a dar lecciones de geografía. Esta semana se aprende dónde está Myanmar, hace un par vimos lo cerca de la ubicación de las Bahamas y en los próximos meses aprenderemos sobre la existencia de un lugar llamado Kigali, donde apenas hace 30 años donde ahora hay Internet sólo había machetes goteando sangre. Si trasladamos todo lo anterior al mundo de las telecomunicaciones, vemos lo difícil que es llegar a analizar cualquier cosa si nos autolimitamos el tiempo disponible para lamentar. Si porque los sentimientos fuertes son los que venden, mantienen la lealtad de la audiencia. Hay que buscar nuevas ocurrencias que prevea la osadía de que a una persona se le ocurra intentar resolver los problemas.

La misma técnica que usan los populistas que sólo saben actuar de dos maneras: atacar a los rivales que tanto daño le están haciendo a su gestión o acreditarse cual logro positivo que surja dentro del semillero nacional sin que esto les provoque una sola gota de sudor. Los instantes digitales son distintos, las reglas han cambiado y continuarán cambiando. Así como un terremoto o un huracán tienen consecuencias sociales, la digitalización de forma acelerada va modificando comportamientos a los que puede que poco le importe que alguien tenga 85 años y sepa que se está muriendo.

* José F. Otero tiene más de 25 años de experiencia en el sector de las TIC.

José F. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.