Acaba de darse a conocer por parte de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) el dato de que Petróleos Mexicanos (Pemex) es la petrolera que más paga impuestos en el mundo; en términos de la tasa impositiva, que según la institución es cercana a 60 por ciento.

Uno de los cuestionamientos que se hacen cuando se piensa en privatizar a la empresa es acerca precisamente del pago de impuestos, a lo que podemos añadir el hecho de que si se siguiera cobrando el derecho de extracción de crudo y gas, así como el pago del Impuesto Sobre la Renta y al valor agregado, la cifra no andaría lejana.

El cobro de impuestos a Pemex aumentó mucho cuando el sindicato y algunos directores coludidos gastaban con singular alegría los excedentes; en especial, después del embargo de la OPEP, que elevó el precio mucho. Ahí está todavía el edificio, que de poco sirve para el común de los mexicanos y toda una serie de gastos suntuarios que posiblemente ya no se realicen, aunque poco sabemos del asunto y la ASF no informa en qué gasta la empresa. El otro componente que de poco sirve a los mexicanos es el de los excedentes derivados de la diferencia entre el precio presupuestado y el realizado al momento de exportar.

Los ingresos extraordinarios son repartidos entre los estados, en parte, aunque existe la sospecha de que son utilizados en aspectos que son de escasa ayuda para la población.

Entre economistas se ha hecho el reclamo de que esos recursos deberían utilizarse para que el país aumente su acervo de capital, lo que ayudaría a eliminar parte del déficit que aún padecemos en diversas áreas.

En lugar de eso, los estados han aumentado la nómina de manera considerable; con ello, el gasto corriente relacionado con el mantenimiento y operación de grandes burocracias, así como los pasivos laborales, a los que escasamente dedican recursos para fondearlos, heredando un problema al futuro.

Si a esto añadimos el endeudamiento y la carga que se traspasa a las futuras generaciones, podemos observar que en México desperdiciamos recursos.

Se ha avanzado muy poco en materia de erradicación de la pobreza, el campo sigue siendo poco productivo y faltan instalaciones y equipos para el sector salud. Sin remesas los mexicanos más pobres verían muy difícil sobrevivir. Y para colmo, la calidad del empleo está estancada.

Es bueno recibir los recursos extraordinarios, lo malo es desperdiciarlos miserablemente.

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