La decisión que tomaron los 27 gobiernos de la Unión Europea de aceptar el acuerdo final de Brexit, que a su vez fue aprobado por el gobierno británico, no significa el final del viacrucis para la primera ministra Theresa May.

Para los 27 países el debate concluyó y es probable que sus respectivos parlamentos, junto al Parlamento Europeo, voten a favor del acuerdo.

En cambio, la situación es muy distinta para los británicos. Van a tener que seguir debatiendo el tema durante años. Aun en el escenario de la aprobación del acuerdo por el Parlamento de Westminster, éste es provisional. Se deberá seguir negociando las compensaciones que deberá dar el país a la UE para mantener su permanencia a la libre circulación de bienes, capitales y servicios en todo el continente, ya que, en el acuerdo, rechaza la libre circulación de personas, algo ineludible para los 27.

Reino Unido también deberá decidir qué pasa con Irlanda del Norte, región que desea mantener la libre circulación de personas entre las dos partes de la isla.

No se trata de un detalle nimio, ya que el Reino Unido se colocó en medio de una trampa que le podría resultar fatal. Escocia y quizás Gales no aceptarían una excepción para Irlanda del Norte que significaría una fuga de capitales hasta esta parte del Reino Unido, pues quedaría vinculada con Europa. El debate ya empezó en Escocia.

Finalmente, a pesar de que se han destapado especulaciones sobre la posibilidad de un segundo referéndum, que en caso de llevarse a cabo pondría en ridículo a los británicos, ni siquiera la anulación del Brexit sería posible. El país ya entregó su carta de salida y fue aceptada por los 27. Reino Unido tendría que volver a negociar su reincorporación, encontrándose en una peor situación a la que vivió en junio del 2016 durante el referéndum.

La primera ministra Theresa May lo sabe bien. Sobre de ella se debe reconocer su tesón, su realismo y su valentía, ya que se encuentra sola frente a 27 naciones, y no sólo ello, también ha sido traicionada en el interior de su propio partido. Su caída no es una solución para el Reino Unido, pues las alternativas entre dos populismos descabellados, de derecha e izquierda, arruinarían todavía más la economía y la estatura internacional del país.

Mientras el Reino Unido va en picada, la Unión Europea ha demostrado una sorprendente cohesión gracias a Michel Barnier, el negociador del acuerdo. En su persona se encontró la perfecta mezcla de firmeza, pero también de discreción y respeto frente a su contra parte, permitiendo la cohesión de los 27 y evitando que los británicos se unieran ante una Europa intransigente.

El presidente francés, Macron, hizo lo mismo. Siguió moviendo sus fichas hacia adelante y no nos extrañe que podría provocar una sorpresa en las elecciones europeas del próximo mayo, como lo hizo en las elecciones de mayo del 2017 en Francia, con la emergencia de un partido liberal proeuropeo, oponiéndose a la esclerosis que aqueja a las instituciones europeas actualmente dominadas por los demócratas cristianos, y a los populistas que sueñan con trastornar todo el sistema europeo sin proponer ninguna alternativa. Quizá sea su última oportunidad de dejar una huella en la historia de su país y de su continente.

*Jefe del Departamento de Estudios Internacionales del ITAM.