En unos meses el gobierno mexicano deberá presentar al Comité de la CEDAW un informe del cumplimiento de sus obligaciones internacionales de actuar para eliminar la  discriminación y violencia contra las mujeres. Por ello, diversas organizaciones preparan “informes luz”, como los llama Wendy Figueroa, directora de la Red Nacional de Refugios (RNR). Estos informes alternos suelen develar ante la CEDAW la realidad de las mexicanas en contraste con las imprecisiones o falsedades oficiales.

En preparación de su informe para CEDAW, la RNR recién publicó “De los discursos a los hechos”, documento (disponible en FB)  que  ilumina la gravedad de “la otra pandemia”, la de la violencia machista, agudizada por la cuarentena .  A los datos oficiales que cuentan 2,240 mujeres asesinadas entre enero y julio, entre ellas 549 por feminicidio (tipificado), este informe añade información, preocupante, que corrobora lo que ésta y otras organizaciones advirtieron desde marzo: si la ausencia de políticas de igualdad y prevención de violencias en este sexenio ya había afectado severamente a mujeres y niñas, los efectos de esta indiferencia se recrudecerían bajo la cuarentena.

Los datos de la RNR, que se ha esforzado por atender la demanda creciente de mujeres violentadas, pese a la estrechez de recursos, muestran los graves daños que sufren éstas y sus hijas e hijos, obligados a convivir con un agresor. Por ejemplo, de marzo a julio, la Red atendió  en total a 23,303 personas,  71% más que en 2019. Realizó 28 rescates – que previenen feminicidio–  y recibió en refugios a 61% más mujeres que el año pasado.  De éstas, 40% denunció violencia física, 20% violencia sexual y más de 25% todas las violencias juntas. Además, 51% de sus hijas e hijos habían sufrido violencia sexual. Los testimonios que dan humanidad a las cifras son escalofriantes: una mujer de 19 años encerrada con candado, vendida al crimen organizado, que logró escapar; mujeres insultadas, golpeadas, violadas, sin escapatoria... Y éstas son las que pudieron pedir auxilio o pudieron huir gracias a  otras personas.

La RNR también documenta los efectos en las mujeres de la crisis económica en curso. Cuando un cuarto de los hogares está a su cargo y/o muchas dependen de trabajos inestables e informales, el impacto de la pauperización es brutal.

Con intención constructiva, la Red analiza el Anexo 13 del PEF 2020 y destaca cómo éste recibió más recursos que en 2019 pero incluye programas, como las pensiones para adultos mayores, becas y otros, que no son sólo para mujeres ni hacen distinciones interseccionales  para beneficiar a mujeres indígenas o en mayor precariedad.  La distribución de recursos es aberrante: 38% se destinan a programas de transferencias directas, mientras que los programas de salud sexual y reproductiva o el programa de apoyo a hijos de madres trabajadores sólo reciben (en papel) el 2% cada uno.  Es por demás evidente que para el gobierno las mujeres no son prioridad, ni tiene interés en diseñar políticas integrales y efectivas para niñas y adolescentes.

Por ello, son muy valiosas las recomendaciones de la RNR a las autoridades. Entre ellas, “atender las desigualdades y potenciar la autonomía” y “promover la cultura de la igualdad”, lo que implica asegurar el ejercicio de derechos humanos;  diseñar políticas con perspectiva de género interseccional, en particular una política  presupuestaria que permita garantizar el acceso a la justicia, la salud,  la educación; la recuperación económica y  una vida sin violencia. Recomienda también  etiquetar recursos suficientes en el PEF2021 para refugios y programas destinados a mujeres y niñas, y vigilar que se usen para disminuir las brechas de género.

Ojalá que las demás organizaciones que preparan “informes luz” den a conocer avances, como este documento,  y los hagan llegar a la SHCP y Cámaras. Quizá aún pueda evitarse que más simulación y recortes dañinos en el Anexo 13 condenen a mujeres y niñas a más precariedad y más violencia.

@luciamelp

Lucía Melgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

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