La inflación en Estados Unidos sigue al alza, superando los pronósticos más pesimistas al ubicarse en su nivel más alto en más de 30 años y cuestionando la narrativa de que se trata de un fenómeno transitorio.

Al cierre de octubre la inflación general se ubicó en 6.4% después de haber alcanzado 5.4% en septiembre.

El alza se vio principalmente impulsada por los incrementos anuales en los precios de combustibles como las gasolinas (49.6%), el combustóleo (59.1%) y el gas domiciliario (28.1 por ciento).

Sin embargo, la inflación subyacente –que excluye del cálculo a los componentes más volátiles de la inflación como combustibles y alimentos– también alcanzó su nivel más alto desde 1991 al ubicarse en 4.6 por ciento.

Los principales contribuyentes al repunte en la inflación subyacente fueron los aumentos en los precios de los vehículos usados (26.4%), los vehículos nuevos (9.8%), y materias primas excluyendo alimentos y energéticos (8.4 por ciento).

Aunque estos fueron los rubros con las mayores presiones inflacionarias, los precios están subiendo a su ritmo más rápido en muchos años en otros segmentos incluyendo las rentas de inmuebles, los servicios de salud, mercancías como ropa y servicios de hospedaje, transporte y restaurantes.

Esta propagación del fenómeno inflacionario comienza a complicar la narrativa de la Fed y otros especialistas sobre el carácter transitorio de la inflación. Aunque es cierto que las principales presiones inflacionarias han sido provocadas por choques de oferta en la forma de disrupciones en las cadenas de suministro globales que han provocado escasez de varios productos, estas presiones transitorias corren el riesgo de volverse permanentes.

Aunque el detonador inicial de las presiones inflacionarias esté principalmente del lado de la oferta, se empiezan a ver efectos de segundo orden que deberían de generar preocupación en la Fed.

Es cierto que restringir la postura monetaria no va a tener ningún impacto para corregir las disrupciones en las cadenas de suministro a nivel global. Sin embargo, la postura monetaria actual se implementó al principio de la pandemia con la idea de evitar una depresión económica.

Ese objetivo se alcanzó exitosamente gracias a una mezcla de políticas monetarias y fiscales sumamente expansivas. Del lado de la política fiscal, los estímulos extraordinarios se han estado retirando, aunque se mantiene un ambicioso e indispensable programa multianual de inversión pública en infraestructura en Estados Unidos.

Mientras que por el lado de la política monetaria la Fed ha anunciado un plan muy gradual de normalización, comenzando con una reducción en el programa de inyecciones de liquidez hasta llegar a su conclusión a mediados del 2022, seguido de posibles aumentos en la tasa de interés de referencia.

Sin embargo, la ruta crítica de normalización establecida por la Fed implica que la política monetaria mantendrá un carácter sumamente expansivo en el corto y mediano plazo. El problema que enfrenta la Fed es similar al de los años 70, cuando un choque temporal por el lado de la oferta –en la forma de un recorte brutal en los niveles de producción de petróleo por parte de la OPEP– se convirtió en un problema de inflación persistente cuando los aumentos salariales comenzaron a incorporar expectativas de inflación más altas.

Aunque el consenso es que las presiones inflacionarias comenzarán a ceder en los próximos meses –conforme se vayan recomponiendo las cadenas de suministro y eliminando los cuellos de botella– nadie puede negar que el fenómeno inflacionario actual ha resultado más pronunciado y menos transitorio de lo esperado.

Ante esta situación, hay un riesgo creciente de que la Fed se vea obligada a adoptar un calendario de normalización menos gradual. Aunque son pocos, algunos especialistas han comenzado a considerar escenarios que incluyen una aceleración en el tapering –adelantando el fin del QE Infinity de junio a marzo– seguida de hasta dos aumentos en la tasa de Fed Funds en la segunda mitad del 2022. Como hemos dicho en este espacio, una Fed menos acomodaticia podría tener implicaciones importantes para los mercados.

joaquinld@eleconomista.mx

Joaquín López-Dóriga Ostolaza

Socio Director de EP Capital, S.C.

Sin Fronteras

Joaquín López-Dóriga Ostolaza es Socio Director de EP Capital, S.C., una consultoría especializada en fusiones y adquisiciones fundada en 2009.

Es egresado de la Licenciatura en Economía de la Universidad Iberoamericana, donde se graduó con mención honorífica y el promedio más alto de su generación. Cuenta con una Maestría en Economía de la London School of Economics, donde fue distinguido con la Beca British Council Chevening Scholarship Award.

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