Mientras los economistas, banqueros e inversionistas se concentran en las cuestiones macroeconómicas sin la creación de opciones positivas para superar un mundo estancado y desigual, los políticos se ocupan de hacerse lugar.

También en el mundo ocurre una lucha feroz en la microeconomía, particularmente en la industria, ofreciendo notables sorpresas. Dice Franz-Olivier Giesbert en la revista francesa Le Nouvel Observateur: En los años 30, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt encargó a su administración la realización de un amplio estudio sobre tecnologías futuras.

Cuando el estudio fue publicado causó una gran impresión. Ciertamente, resultaba fascinante. Sólo había un problema: no había previsto la llegada de la televisión, ni la del plástico, los aviones a reacción, los trasplantes de órganos, los rayos láser, y ni siquiera los bolígrafos .

Las nuevas tecnologías que configuran la cuarta revolución industrial ya llegaron. Y a partir de ellas nuevas sorpresas. Un ejemplo para imaginar lo que ya se tiene y que marca la línea del futuro es la automatización de la planta de Nissan en Sunderland, en el Reino Unido, reconocida como una de las plantas industriales más eficientes del mundo. Ahí se fabricaron 500,000 coches en el 2014 con sólo 6,700 personas.

La base de esta productividad que ahora caracteriza a la industria del automóvil, la bioquímica, los servicios médicos, los montajes y la logística, es la manufactura digital y robótica.

Asimismo, la utilización de materiales más ligeros como la fibra de carbono, que sustituye al aluminio y al acero. Para decirlo en pocas palabras, el eje de esta nueva revolución industrial es el Internet industrial.

El ejemplo de la planta de Nissan en el Reino Unido no es casual.

Las fábricas inteligentes se sitúan en los países desarrollados porque ahí está la tecnología aplicada y la mano de obra para operar complejos circuitos de información. Hay millones de objetos conectados a la red digital, y ya no se requiere de abundante mano de obra porque con las máquinas los costos se han reducido. El costo marginal para producir una unidad adicional de producto puede llegar a casi cero.

Esto es un aviso a los países emergentes, sobre todo China y la India, que en los últimos 20 años han sido atractivos por la mano de obra barata.

Estamos viviendo un cambio cualitativo con relación a las anteriores revoluciones industriales y las empresas se vuelven a localizar en los países ricos.

¿Qué significa esta revolución digital para los países que no se han insertado en ella? Hace 35 años, cuando emergió la era de la informatización de la sociedad, Simon Nora, un especialista de ese proceso, dijo: Los países que no se informatizan ahora serán los subdesarrollados de mañana . Tenía razón.

Mientras que Canadá y Estados Unidos brillan con sus luces científicas y tecnológicas, América Latina está en la oscuridad. Esto es perturbador.

De acuerdo con la famosa revista Nature Scientific Reports, no hay una ciudad latinoamericana entre las primeras 100 ciudades productoras de conocimiento científico del mundo (física, química, ingeniería, astronomía o ciencias de la computación).

Una explicación es que las universidades latinoamericanas son buenas para las humanidades pero débiles en ciencia.

Pese a lo bueno que se escribe sobre los países emergentes, que nos pone ilusoriamente satisfechos, la brecha entre los países ricos y pobres tampoco disminuye en ciencia y tecnología.