En este siglo XXI sabemos que lo más parecido a una computadora es nuestro cerebro. Eso sí, dada su inimaginable complejidad, este órgano entre nuestras orejas se parece más a una computadora de las que funcionan “en paralelo”, esto es, no trabaja como las que andamos trayendo de arriba para abajo todo el día, sino que cuenta con circuitos simultáneos que pueden procesar todos a una y con distintos enfoques sobre una misma tarea. Los sistemas neurales de nuestro cerebro trabajan independientemente uno del otro, pero si se requiere pueden trabajar en conjunto y como un gran equipo y ocuparse de varias tareas al mismo tiempo. Por eso podemos escribir mientras escuchamos música o caminar mientras platicamos. ¡Somos en verdad asombrosos!

Lo que cada uno de nosotros es, nuestros gustos, aficiones, preferencias, conocimientos, desapegos o desplantes, emociones, recuerdos, etc., están todos en esos sistemas neurales y en la hipercompleja interacción que se da entre 100 mil millones de neuronas. Ahí es donde radica nuestra llamada conciencia que nos permite saber qué hacemos, cuándo y por qué lo hacemos.

Los lóbulos cerebrales (y en especial los frontales) que conforman nuestro cerebro participan en esta titánica tarea de saber qué somos nosotros mismos y son la residencia de nuestra conciencia.

Los chimpancés, gorilas y orangutanes tienen una conciencia más limitada que nosotros, pero se sabe que cuentan con una percepción consciente y que pueden imaginar objetos y cosas ausentes, así como adaptarse a nuevas situaciones. En fin, los simios son bastante parecidos a nosotros, pero no sabemos si ellos son capaces de saber qué son. Se sigue trabajando en ello.

Por todo lo anterior y por mi tremenda curiosidad en estos últimos días y a raíz de las elecciones presidenciales en Estados Unidos no he podido evitar pensar, casi obsesivamente, si el presidente Trump cuenta con algo parecido a la conciencia o si de plano, como a menudo creo, todos los populistas carecen absolutamente de ella.

Ante la derrota comprobada y evidente de su candidatura presidencial Mr. Donald no acepta lo inevitable, no felicita al ganador, comienza a hacer despidos inimaginables y decide que de plano en cuanto al resultado electoral “el tiene otros datos”. ¡Horror! ¿Acaso estarán dañados o adormilados sus apreciables lóbulos frontales? ¿Su característico peinado tendrá alguna relación con el deseo de esconder sus deformidades cerebrales?

En nuestro país la actuación de los lóbulos frontales de nuestro primer mandatario también deja mucho que desear. Ni reconoce a Biden, ni lo felicita, ni acepta hablar telefónicamente con él, ni se da cuenta que Joe y Kamala estarán al mando de un vecino muy poderoso con más de tres mil kilómetros de frontera común y que por si faltará algo… es nuestro principal socio comercial.

La conciencia nace como una necesidad imperiosa para la sobrevivencia. Los cerebros populistas necesitan urgentemente darse cuenta de lo que sucede afuera para poder seguir adelante en medio de las acechanzas de la existencia y no llevarnos, dicho sea con todo respeto, entre las patas. Ojalá.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.