La escasez y retraso de las lluvias tiene efectos negativos para nuestra agricultura tanto de temporal como de riego. Por esta razón, los efectos de la falta de lluvias en un año tienen repercusiones económicas en años subsiguientes, hasta que se restablecen los niveles de disponibilidad de agua y los inventarios agropecuarios.

Por ejemplo, en los años 1996 y 2005 las lluvias iniciaron tardíamente (en julio) y finalizaron anticipadamente (en septiembre). Dicho fenómeno afectó la producción agropecuaria y ocasionó una presión para el uso del agua disponible.

La sequía que aqueja nuestro país a partir del 2011 fue 10.5% menor a la media histórica nacional, que es de 778.8 mm, según datos de Conagua de 1941 al 2010. El meteoro ha ocasionado diversas pérdidas agropecuarias, de acuerdo con lo reportado en la declaración oficial de desastres naturales.

Por lo anterior, para la sequía actual es importante establecer acciones para mitigar los efectos críticos en el corto plazo, pero sobre todo debe considerarse para la prevención de los efectos de largo plazo.

En este contexto, sería oportuno estimular la inversión pública y privada, para elevar la eficiencia en el uso del agua en áreas de riego.

Además, sería muy importante incrementar la productividad de los usuarios de riego con criterios de sostenibilidad de cuencas y acuíferos.

En este contexto sería necesario, en primer lugar, garantizar los financiamientos que se otorguen a las asociaciones u organizaciones de usuarios de riego, para de esta forma mitigar el riesgo que asumen los intermediarios financieros en créditos de largo plazo para proyectos sustentables que potencien los recursos gubernamentales y de los usuarios.

Adicional al financiamiento, existen diversos proveedores públicos y privados que pueden complementar los proyectos con acompañamiento técnico a los usuarios del riego mediante capacitación, asesoría y transferencia tecnológica con el fin de asegurar el éxito de los proyectos.

Finalmente, no debe olvidarse la inversión en conceptos que abonan al uso eficiente del recurso hidrológico, tales como la modernización y rehabilitación de infraestructura hidroagrícola, equipamiento, estructuras de medición y control, sistemas para automatizar operaciones, estaciones agrometeorológicas, obras de drenaje, inversiones para tecnificar áreas compactas de riego y, en general, las obras que permitan elevar la eficiencia en el uso del agua.

En resumen, la inversión en proyectos de riego es una tarea urgente y más oportuna que nunca en periodos climáticos como el que hoy en día vivimos.

*Mario Alberto Lamas Nolasco es especialista de la Subdirección de Evaluación Sectorial. La opinión es del autor y no necesariamente coincide con el punto de vista oficial de FIRA.

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