Es una tendencia mundial, cada vez más países aprueban leyes sobre impuestos digitales. Ningún gobierno quiere perder su trozo del pastel impositivo.

Nuevos impuestos se ciernen sobre nuestros bolsillos, ante la baja de los ingresos públicos y la creciente necesidad de recursos para financiar los proyectos de la cuarta transformación, la fracción morenista en la cámara de diputados cada vez se convence más de gravar los servicios digitales para el próximo ejercicio fiscal. No es para menos, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe estima que 179 millones de dólares se recaudarían con el nuevo impuesto digital si se gravaran a empresas como Uber, Netflix, Spotify y Apple.

Es una tendencia mundial, cada vez más países aprueban leyes sobre impuestos digitales. Ningún gobierno quiere perder su trozo del pastel impositivo, en un mundo donde las fronteras son cada vez más difusas y los negocios cada vez globales. No importa que el liberalismo esté muerto o que los nativismos resurjan. Para el capital no hay ideologías, ni fronteras.

Los impuestos digitales son un problema mundial, a primera vista parecen una buena idea, pero se enfrentan a gravísimos problemas para su recaudación, además de la obvia molestia ciudadana.

En primer lugar, el problema sobre qué se va a gravar y hasta qué monto; tradicionalmente se grava la publicidad en línea, los servicios que se ofrecen mediante plataformas digitales (Uber, Airbnb, etcétera) y los sitios de venta de productos. El segundo problema, donde se va a gravar existe una gran dificultad para conseguir que los beneficios tributen donde se generan, algunos países consideran la dirección de facturación, la dirección IP, la localización del banco, la tarjeta sim, ello obliga a los vendedores a verificar la localización del comprador durante el proceso de venta. En tercer lugar, guerras comerciales. Las grandes multinacionales tecnológicas son americanas y chinas, la llamada tasa Google que se impuso en Francia parece que no fue bien recibida por el gobierno estadounidense.

Existe también la molestia ciudadana en cuanto a trámites contables e incremento de precios, los promotores de los nuevos impuestos señalan que se grava a las empresas; sin embargo, resulta iluso suponer que el nuevo impuesto no se traslade al consumidor.

Así pues, en la balanza está la pérdida de popularidad del gobierno por el nuevo impuesto, frente a sus necesidades de recursos. El argumento fácil de que son impuestos para los fifís convierte en analfabetas digitales a las legiones de seguidores de la cuarta transformación que, por cierto, también tienen derecho a la conectividad, la usen o no lo usen. Hasta la próxima, querido lector.

Twitter: @ErosalesA

Eliseo Rosales Ávalos

Abogado

Los mismos de siempre

Politólogo y abogado, académico, columnista, presidente de ciudadanos sin partido y orgulloso mexicano.