Como afirmó Oliver Wendell Holmes Jr en 1904, y así aparece inscrito en la fachada de la agencia tributaria federal de EU, los impuestos son el precio que pagamos por vivir en una sociedad moderna. En una democracia, el nivel de gasto público depende de las preferencias sociales, de manera que los impuestos se recaudan para financiar las políticas de gasto elegidas y garantizar la sostenibilidad de las cuentas públicas a medio y largo plazo. Pero la estructura impositiva también tiene importantes repercusiones sobre las variables que determinan el bienestar social. Por lo tanto, el objetivo es aspirar a un sistema impositivo que mejore el bienestar social, asegurando el volumen de ingresos públicos necesarios para financiar las políticas de gasto y con una estructura que genere las menores distorsiones posibles.

El problema es que es difícil determinar los niveles óptimos de los impuestos. En primer lugar, la relación entre presión fiscal y bienestar social no es lineal. Un nivel impositivo insuficiente que imposibilite financiar un volumen de bienes y servicios públicos adecuado, puede ser tan perjudicial para el bienestar social como otro con impuestos tan elevados que terminen primando los efectos distorsionadores sobre el PIB o el empleo.

La clave es encontrar el punto de equilibrio entre más ingresos, con los que financiar un gasto público que genere bienestar, y menos distorsiones y costos, que perjudican la actividad privada. En segundo lugar, la relación entre presión fiscal y bienestar depende de la eficiencia con la que las administraciones públicas transforman impuestos en bienes y servicios útiles para la sociedad. No resulta sorprendente que las economías en las que el sector público gestiona mejor sus recursos sean más proclives a aumentar su tamaño y a aceptar niveles más elevados de presión fiscal. Por último, los impuestos y las políticas de gasto afectan al bienestar social a través de múltiples canales y vías, convirtiendo en inadecuadas muchas medidas para las que no se han evaluado bien sus efectos.

En un estudio reciente (http://goo.gl/rd6Cdc) contribuimos a este debate tratando de responder a tres cuestiones. En primer lugar, ¿cómo compara la presión fiscal y su estructura en España con las economías europeas más avanzadas en los rankings de bienestar? Al utilizar las tasas impositivas implícitas (es decir, la recaudación efectiva de cada impuesto sobre su base imponible) se observa que España se caracteriza por una baja imposición sobre el consumo, elevadas cotizaciones sociales, una menor imposición sobre las rentas del trabajo una vez excluidas las cotizaciones sociales y una imposición sobre el capital similar al promedio europeo.

En segundo lugar, ¿aumenta o se reducen los ingresos públicos cuando se incrementan las tasas impositivas? Depende de si el aumento de las tasas impositivas domina o no al efecto negativo sobre las bases imponibles. El aumento de impuestos puede ser tan elevado y llegar a reducir tanto las bases imponibles que la recaudación termine cayendo. Cuando esto sucede se dice que se ha sobrepasado el máximo de la curva de Laffer. Por último, la tercera cuestión tiene que ver con la cuantificación de los efectos distorsionadores sobre la producción y el empleo agregados.

Nuestros resultados indican que las tasas impositivas en España se encuentran en el tramo con pendiente positiva de la curva de Laffer: aumentos moderados de las tasas incrementan los ingresos públicos, si bien de manera decreciente y con una capacidad recaudatoria que varía con la figura impositiva. La mayor capacidad recaudatoria la tienen los impuestos indirectos, además con el menor efecto distorsionador sobre la actividad.

En definitiva, dentro de ciertos límites, los incrementos de las tasas impositivas generan mayores ingresos públicos, pero sin que existan menús gratis: lo hacen a costa de efectos negativos sobre la actividad y el bienestar si no vienen acompañados de mayor eficiencia del gasto público. Más allá de las mejoras en la lucha contra el fraude y en la pedagogía sobre fiscalidad, sin duda, necesarias, con estos resultados no es sorprendente que, según las encuestas, aproximadamente dos terceras partes de los encuestados piensen que se benefician poco de lo que pagan en impuestos y prefieran no subirlas.

*BBVA Research y Universidad de Valencia.