La corrupción nos tiene atrapados, nos impide avanzar, nos asfixia. Todos sabemos lo que es, lo que genera, cómo se vive y ejerce desde lo más pequeño y cotidiano. La cadena es interminable, es fuerte, es sistémica. El problema es que muy pocos están dispuestos a romper su propio eslabón. Si todos lo hacen, no puedo ser la excepción, piensa la gran mayoría, sin dimensionar el daño que se hacen y que provocan alrededor.

Una y otra vez jugamos a la ruleta rusa, apostamos a perder. Si vemos la foto completa, la corrupción es un espejismo que genera ganancias temporales para unos cuantos a un costo muy alto para la mayoría, pues la desconfianza encarece y complica todo. A la larga todos perdemos.

El Fondo Monetario Internacional estima que cada año a nivel global se pierden entre 1.5 y 2 trillones de dólares por corrupción, principalmente en mordidas de todos tamaños y a todos niveles. Estos recursos invertidos correctamente ya habrían generado tal valor que habríamos sido capaces de resolver muchos de los problemas más graves, como salud, alimentación, educación y vivienda.

En una publicación reciente, el Foro Económico Mundial hizo un análisis en el que demuestra que, además de todos sus efectos nocivos, la corrupción constituye un impuesto oculto que frena el crecimiento económico y pospone el desarrollo, en el caso de México permanente, constante y sistemáticamente.

El foro explica la corrupción como la colusión de quienes buscan controlar las instituciones públicas, capturar el proceso de hacer políticas públicas y monopolizar los contratos del gobierno para obtener beneficios personales.

Alguien dijo que la corrupción es la privatización de las políticas públicas; dicho de otra manera, cualquier abuso desde el poder para obtener una ganancia o beneficio económico o político, expresión de egoísmo por excelencia, aquélla que excluye y es verdadera causa de la desigualdad.

Tras reconocer la corrupción en el propio Vaticano, el papa Francisco llamó a los jóvenes a resistir la tentación de la corrupción asegurando que cada vez que aceptamos un soborno y lo metemos en el bolsillo destruimos nuestro corazón, nuestra personalidad y nuestra patria. La corrupción es dulce como el azúcar, nos gusta y es fácil, pero después terminamos enfermos.

Pensemos en las pérdidas que genera nuestro egoísmo. Cada peso que se pierde por corrupción es un peso que se deja de invertir para resolver, combatir, mejorar, innovar y transformar. Tolerar lo intolerable nos cuesta demasiado caro.

Twitter: @armando_regil