Las consecuencias de Deepwater Horizon serán devastadoras; aunque apenas se insinúan con fotografías de infelices aves marinas impregnadas de petróleo. Es una rotunda advertencia para México. Se han derramado hasta el día de hoy casi 1 millón de barriles de petróleo; equivalentes a 159 millones de litros, y a 40% de la producción diaria de crudo en México.

El valor de mercado de British Petroleum (BP) se ha desplomado y la amenazan la quiebra o una toma hostil; perderá al menos varios miles de millones de dólares, sus pasivos se acumularán y los litigios perdurarán por décadas. De rebote, la presidencia de Obama se ha visto empañada y complica las perspectivas de los demócratas para las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Pero todo ello no es lo más grave.

El Golfo de México es hábitat para casi 16,000 especies marinas ensambladas en cadenas ecológicas sumamente complejas y productivas.

El petróleo derramado en el área destruirá la productividad primaria del fitoplancton (plantas minúsculas o microscópicas) que son la base de los ecosistemas marinos, y al zooplancton (animales pequeñísimos) que depende del primero. A partir de ahí, las consecuencias sobre la pirámide trófica serán catastróficas. Generaciones enteras de crustáceos, moluscos y peces serán borradas, y diezmadas las poblaciones de aves, tortugas y mamíferos marinos, como es el caso de las ballenas de esperma (existe una población de alrededor de 1,500 individuos en las cercanías de la zona más impactada por el derrame). Huevos, larvas e individuos en reproducción van a ser exterminados; su descendencia será erradicada para los próximos años.

La tragedia será invisible en la medida en que la inmensa mayoría de las criaturas afectadas se hundirán muertas hasta lo más profundo del lecho marino.

Al atún aleta azul del Atlántico (de por sí agotado por la pesca excesiva) será impactado en sus zonas de desove. Peor será si el petróleo alcanza y penetra hacia los estuarios, humedales y pantanos de las costas, donde nacen o pasan sus etapas larvarias o juveniles muchas de las especies de valor para la pesca comercial que pueblan el Golfo de México. Gran cantidad de gente quedará sin empleo.

Aterra imaginar las consecuencias a muy largo plazo que tendría una tormenta tropical mayor o un huracán, ahora que la temporada se acerca, sobre los ecosistemas costeros de Texas, Louisiana, Alabama y Florida.

También, el relevo ominoso que serán los nortes o frentes fríos, que a partir de septiembre soplarán en dirección a los litorales mexicanos en tándem con la inversión hacia el sur de la corriente de circuito (loop current) que en estas épocas gira por el Golfo de México en el sentido de las manecillas del reloj.

Es verdad que en el Golfo de México hay numerosos escurrideros naturales de petróleo. Por tanto, existe una exposición crónica a los hidrocarburos y microorganismos adaptados evolutivamente a descomponer el petróleo en agua y bióxido de carbono. Es probable entonces que bajo ciertas condiciones, la recuperación ecológica no sea tan prolongada como en el caso del Exxon Valdez en las costas de Alaska.

Sin embargo, suponiendo que BP logre controlar el derrame en agosto (cuando se prevé terminar el pozo de intercepción o de alivio), se habrá derramado 12 veces más petróleo en el Golfo de México (3 millones de barriles o 477 millones de litros) que en el desastre del Exxon Valdez (250,000 barriles). Es crecientemente compleja, costosa y riesgosa la explotación de petróleo en yacimientos cada vez más pequeños y profundos, y menos accesibles; el momento del peak oil se acerca. Pronto llegarán a Pemex tres plataformas semi-sumergibles para aguas profundas (Petrorig, Bicentenario y Sea Dragon). Deepwater Horizon nos obliga a establecer nuevos sistemas de regulación ecológica en el mar, antes de que sea demasiado tarde.

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