¿Qué tanto están sirviendo las encuestas para medir la popularidad de gobernantes, artistas o deportistas o para pronosticar los resultados de una próxima elección?

De no mucho, si nos atenemos a la manera en que los encuestadores han fallado durante ya varios años en la mayoría de los países.

Recordemos que, en la elección presidencial estadounidense del 2012, un buen número de encuestas señalaban que el ganador, por un muy estrecho margen, sería el republicano Mitt Romney.

A fin de cuentas, la elección del 6 de noviembre de ese año la ganó el demócrata Barack Obama, quien se reeligió al ganar con 51.1% de los votos contra 47.2% de Romney.

Dos años después, las encuestas señalaban que el poderoso senador republicano por Kentucky, Mitch McConnell, perdería su escaño ante una joven y desconocida demócrata; sin embargo, en la elección del 4 de noviembre del 2014, McConnell se reeligió con 56.2% de los votos.

Ese mismo año, en Escocia, los encuestadores aseguraban que había un empate entre los votantes que estaban a favor y los que estaban en contra de que ese país se separara del Reino Unido. Pero, en el referendo realizado el 18 de septiembre del 2014, 55.3% de los escoceses votó a favor de seguir siendo parte del Reino Unido.

¿Y qué decir de la elección presidencial estadounidense del 2016, la cual de acuerdo con los encuestadores iba a ganar la demócrata Hillary Clinton? Si bien ganó 48.2% del voto popular contra 46.1% del republicano Donald Trump, la exprimera dama y exsecretaria de Estado fue incapaz de obtener la mayoría de los votos electorales necesarios para triunfar; esos los ganó el ahora expresidente.

En México las cosas han sido similares. En la elección presidencial del 2000, siete de ocho encuestadoras daban como ganador al priista Francisco Labastida; sin embargo, en la elección del 2 de julio de ese año, el panista Vicente Fox ganó con 42.5% de los votos contra 36.1% que obtuvo Labastida.

Para la elección presidencial del 2006, siete encuestadoras le daban una mínima ventaja a Andrés Manuel López Obrador, el candidato de la Coalición por el Bien de Todos; cinco le otorgaban también una ventaja mínima al panista Felipe Calderón; una señalaba un empate entre ambos, y otra le daba una clara ventaja a AMLO. Los resultados del 2 de julio de ese año confirmaron que el de la ventaja mínima era Calderón, que ganó con 35.9% de los votos contra 35.3% que obtuvo el entonces perredista.

En el 2012 las encuestadoras también fallaron al otorgarle al priista Enrique Peña Nieto ventajas que iban de entre 11 y 18 puntos porcentuales. El 1 de julio Peña ganó 38.2% de los votos contra 32.6% que obtuvo AMLO. Solo dos encuestadoras más o menos le atinaron al resultado.

He querido hoy recordar algunos fiascos demoscópicos –y no, no olvidé el del referendo del Brexit del 2016– porque en los últimos días los candidatos a gubernaturas, presidencias municipales, alcaldías y otros cargos de elección popular difunden encuestas reales o ficticias que muestran que aventajan a sus oponentes. Lo hacen para motivar a sus seguidores y desmotivar a los de sus contrincantes, olvidándose que lo único que importa es por quién votaremos el 6 de junio.

Mi consejo: ignoren las encuestas y voten por quien más los convenza.

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Eduardo Ruiz-Healy

Periodista y productor

Columna invitada

Opinador, columnista, conferencista, media trainer, 35 años de experiencia en medios de comunicación, microempresario.

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