Y cuando despertamos, siempre habían estado ahí. Las empresas culturales. Eran negocios que no identificábamos así. Tal denominación es un fenómeno del siglo XXI. Por ello son unidades económicas un tanto distantes para la sociedad. Incluso para los mismos dueños y directivos a quienes les endilgamos la etiqueta. “¿Nosotros, una empresa cultural? A ver, por qué”, señalan con algún sobresalto. No son pocos los que sencillamente se consideran empresas. A secas. Negocios que producen teatro, venden obras de arte, instrumentos musicales, aplicaciones para celulares, páginas web, libros, artesanías, organizan conciertos, exhiben películas, etc. El vasto mercado de bienes, servicios, productos y mercancías culturales, nos acompaña desde tiempos inmemoriales.

En este siglo, también se han intentado acomodar en nuestra realidad categorías importadas como industria creativa e industria cultural. Igual conviven ahora como suerte de sinónimos de empresa cultural. Tanto como el concepto de cultura coexiste a la par de asignaturas como recreación, entretenimiento y esparcimiento. Todo eso junto, pero ciertamente revuelto. Lo seguro es que en la legalidad que se mueve la economía mexicana, caben unidades económicas llamadas empresas. Empresas culturales. Quizá llegue el día en que, tras un acuerdo legal –he sido un ferviente defensor de referirnos estrictamente a empresas culturales- se pueda enunciarlas de otra manera. Por lo pronto a todas estas figuras les hermana la contundencia de la creatividad como un insumo fundamental en su producción. Igual les une su poderosa carga simbólica. A su vez, el ser creaciones y/o innovaciones susceptibles de protección legal. No menos importante son las características de su producción: la hay desde piezas únicas –un óleo- hasta la producción industrial de largometrajes.

El contacto con la empresa cultural nace ante todo porque uno es cliente. En mi caso le sumo la motivación como reportero. Hablo por lo mismo del interés en sus hacedores. Llevo tras ellos muchos años para saber de su pensamiento. De ese periplo cito algunos recuerdos. Fue en 2006 cuando en la sección cultural de El Universal tuve la entrega semanal Empresas culturales. El porvenir. En ese año lancé mi primera empresa cultural, el portal “Servicios Integrales en Cultura. Ser Cultura”, que apadrinó un gran emprendedor, Federico González Compeán.

En 2007, como director de Extensión Universitaria de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, fundé el sitio “Programa de Monitoreo en Economía y Cultura”. Luego en 2009, con varios amigos, dimos origen al Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (GRECU), en la UAM. En estos últimos años largo es el historial de textos, libros, talleres, conferencias y actividades diversas con el propósito de conocer en sus entrañas la empresa cultural. Un hecho inolvidable fue la reunión de numerosos empresarios en el Puerto de Veracruz, en julio de 2015. En ese marco gesté la idea de elaborar un reportaje de largo aliento, fundamentado en la aplicación de un cuestionario, tan amplio como fuera posible. Lograr una representatividad nacional, con al menos una unidad económica por entidad federativa.

Con el apoyo de muchos colegas nació el “Retablo de empresas culturales”. Dos años dedicados a este mosaico que es un homenaje al empresariado cultural y una señal de urgencia de un estudio más riguroso que se requiere. De las cuentas que obtuvimos, sellamos la cifra de 350 negocios a quienes les pedimos su ayuda. Concretamos 93. Con ellos armamos las muy diferentes tendencias, las preguntas convertidas en gráficas. Resultados que daré a conocer el lunes 27 de noviembre, en estas páginas, y a las 11:45 horas, en la Casa Rafael Galván de la UAM. Interesados, no dejen de contactarme.

Eduardo Cruz Vázquez

Periodista

En el paredón

Periodista, gestor cultural y exdiplomático, experto en economía cultural, formación de emprendedores culturales y gestores de diplomacia cultural