Cuando un autor es tan prolífico como Stephen King y su obra es considerada una de las más importantes en un género popular, no sorprende que ésta haya sido adaptada 242 veces en producciones de televisión y cine.

El sello “basada en una ___ de Stephen King” ya no garantiza absolutamente nada. La gran mayoría de esas 242 adaptaciones es basura que se busca colgar de su marca para vender.

Solo en los últimos tres meses hemos visto desfilar tres producciones basadas en su trabajo. La primera entrega de su saga (La Torre Oscura: El Pistolero), la serie basada en La niebla, y la primera parte de una reinterpretación de Eso (It).

Eso ya había sido llevada a la pantalla en una dispareja y fallida miniserie de 1990, adaptada por Tommy Lee Wallace y Lawrence D. Cohen. En esta, la historia transcurre en dos épocas: finales de los años cincuenta y principios de los ochenta. Capturando los horrores detrás de las míticas narrativas de “formación” de los baby boomers, a través en un grupo de niños “perdedores”.

El club de los losers no solo debe superar las afectaciones generacionales (bullying, padres desinteresados, etc), sino también a un ente que habita la ciudad y se manifiesta devorando a sus víctimas a través de sus mayores temores.

La miniserie intentó atenerse a esa idea en un sentido literal. Y aunque contaba con un elenco aceptable, también buscaba asustarnos con trucos facilones, sin entender que el horror en la página lo termina de construir el lector en la mente.

Aun así, ese mal aterrorizó a una generación de espectadores y tuvo un seguimiento de culto más ligado al guilty pleasure que a otra cosa.

La nueva versión cayó en manos de un joven director argentino, Andrés Muschietti. Desarrollada en un principio por Cary Fukunaga (True Detective), el Eso de Muschietti divide la historia en dos partes. La primera película se concentra en la historia formación del club de perdedores en los años ochenta. La segunda, que se estrenará el próximo año, transcurre en época actual.

Hay algo profundamente perturbador en que este deslizamiento temporal siga funcionando sin mayores modificaciones. El que los terrores que plagaban la vida cotidiana en los años cincuenta sigan siendo vigentes para la generación x, dice mucho sobre nuestra concepción de la evolución social.

La mayor diferencia entre la versión de 1990 y la actual no está en el presupuesto o efectos especiales, está en recuperar una de las facetas más interesantes del género de horror, la alegoría social.

Este nuevo Eso es la encarnación de un infierno que existe en cada rincón de la ciudad, el mal trasminado a cada persona que interactúa con los protagonistas.

Primero porque logra recrear la historia entrañable de amistad y química entre el grupo. Segundo porque se concentra en los aspectos alegóricos y simbólicos del horror y busca encontrar su propia imaginería. Tercero, porque en un mundo donde las primeras planas son más horribles que la imaginación desbordada de los cineastas, la película consigue asustarnos de verdad, conectando, como aspiraba King en su novela, con los temores cotidianos, irracionales y primarios de cada uno de nosotros, más allá del gore, los zombis o los monstruos que suelen poblar el género.

La cinta de Muschietti recurre a los arquetipos del género de horror, pero más allá de ellos, recrea una pesadilla que no sólo es un payaso espeluznante, sino su contraparte social, oculta y podrida, detrás de las fachadas idílicas de un pueblo pintoresco de EU. Apunta a la equivoca creencia de que que las cosas que no queremos ver no existen, y no nos conciernen, hasta que nos muerden.

Ricardo García Mainou

Escritor

Las horas perdidas

Estudió Ciencias de la Comunicación con especialidad en Radio y Televisión Educativa en la Universidad de las Américas Puebla.

Ha escrito, editado, traducido y diseñado para diversas publicaciones literarias, periodísticas y especializadas: locales y nacionales (Libros de México, Revuelta, De viaje, Cinéfila, La masacre de Cholula, etc.).