El Brasil de estos tiempos me recuerda mucho al México de principios de la década de los 90. Cuando este país se supo vender muy bien en el mundo y se puso de moda.

En aquellos años, México daba la impresión de ser un país con un rápido crecimiento y en un cambio sostenido hacia un desarrollo notable. Éramos el primer país en firmar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.

Sólo nosotros, como nación en desarrollo, éramos aceptados en lo que se daba en llamar a la OCDE en esos tiempos como el club de los ricos.

Carlos Salinas de Gortari se veía como un estadista capaz de conducir los destinos de un país que acababa de salir de al menos 15 años de crisis profundas y recurrentes.

El resto de la historia la conocemos en carne propia.

Pero el equivalente al Salinas brasileño no es Luiz Inácio Lula da Silva. No, el equivalente al polémico expresidente priísta es Fernando Henrique Cardoso. Este expresidente carioca pudo hacer muchos de los cambios estructurales en ese país.

Una diferencia es que Cardoso heredó los cambios y Salinas lo quiso todo para él.

El exmandatario que cobró toda la fama de los cambios de su antecesor fue un izquierdista que además tenía una historia muy romántica por tratarse de un exobre­ro que fue capaz de escalar hasta la Presidencia.

El equivalente desperdiciado en México de Luiz Inácio Lula da Silva sería Vicente Fox, porque a Ernesto Zedillo le tocó la ingrata tarea de limpiar el tiradero del frustrado sueño del pase al primer mundo.

Pero Fox y su furibunda oposición de vengativos priístas y perredistas no estuvieron a la altura de lo que el país pudo hacer.

Y en toda esa historia paralela de los dos países más grandes de Latinoamérica, la realidad es que nunca ha habido una relación estrecha. Al contrario, el recelo y la competencia ha sido la constante.

Brasil quisiera el acceso mexicano al mercado de América del Norte y México quisiera ser un país más activo en el cono sur del continente.

En esta relación está claro que México ha sido más condescendiente con los cariocas, aunque tampoco muy entusiasta de incrementar y mejorar la relación con ellos o con nadie, de hecho, por esa cómoda dependencia de Estados Unidos.

Pero la realidad es que los brasileños han sido más hostiles con los mexicanos y los episodios de falta de solidaridad con este país sobran.

Un par de ejemplos: si Julio Frenk Mora no fue Presidente de la Organización Mundial de la Salud, fue en buena medida por la falta de apoyo de los brasileños a la candidatura mexicana.

Y cómo olvidar que hace no muchos meses el gobierno de Lula le dio la espalda a Agustín Carstens en su intento de ser Director Gerente del Fondo Monetario Internacional, a pesar de la necesidad de mayor unidad de las economías emergentes.

Si al gobierno de Brasil le preguntan con quién se identifica más en el mundo, responderá que con China o con Sudáfrica, antes que con México.

Hoy los brasileños nos demuestran una vez más que no les importa incumplir con su palabra en su relación con nuestro país con el acuerdo automotriz.

Este acuerdo automotriz que hoy es motivo de controversia está vigente desde el 2002 y cubre este sector que representa 40% del comercio bilateral que asciende a unos 8,500 millones de dólares. Y desde el 2007 no hay pago de aranceles en el comercio automotriz.

En esta década de vigencia del acuerdo ha habido años muy buenos para los cariocas y no hay duda de que los años recientes han sido mejores para los mexicanos.

Pero, ¿cuál puede ser la diferencia entre el país de moda que atrae inversiones extranjeras directas por 50,000 millones de dólares al año y nuestro país que no llega ni a 10,000 millones de dólares en nuevas inversiones del exterior?

La respuesta está en la productividad.

México le tiene demasiada paciencia a los brasileños, las autoridades mexicanas van temerosas a negociar, como con el temor de perder este acuerdo.

La realidad es que no es poca cosa un comercio de este tamaño en el sector automotriz, pero si nuestro país le pone un hasta aquí a este país y hace respetar lo acordado, puede ganar mucho más.

Si Brasil quiere incumplir el acuerdo, allá ellos. Siempre habrá otros sectores comerciales relevantes para los sudamericanos donde se pueden tomar represalias comerciales.

Pero basta de tenerle miedo a los brasileños.