Típicamente, un pozo petrolero puramente exploratorio tiene más probabilidades de fracasar que de ser exitoso. Esto es particularmente cierto en aguas profundas en México, donde el entendimiento y desarrollo, sea en el sureste o en el noreste, siguen en etapas muy tempranas. Aun midiendo a partir de las probabilidades de éxito geológico, de acuerdo con planes de exploración de CNOOC, hay 55% de probabilidades de fracaso. Pero una cosa es éxito geológico (que haya hidrocarburos) y otra es éxito comercial (que por sus características, sea rentable producirlo). En esta última métrica, la que realmente importa, el rango cae rápidamente: los mejores estimados, dependiendo del proyecto, están entre 20% y 35 por ciento. Son probabilidades muy bajas.

A pesar del riesgo, la exploración petrolera es capaz de atraer cientos de miles de millones de dólares al año. Una parte, por supuesto, se explica por las grandes ganancias que se generan en los relativamente pocos casos en los que hay éxito. Pero esa no es toda la historia. Es gracias a que las empresas construyen portafolios, que incluyen inversiones diversificadas en diferentes proyectos exploratorios, que se logra manejar el riesgo y construir negocios sólidos, sostenibles en el tiempo. Si un fracaso representa 100% de tu portafolio, te vas a la quiebra. Si representa una pequeña fracción, la situación es manejable.

Cada empresa define sus límites. Algunas tienen bastante tolerancia al riesgo y otras, menos. Ni siquiera es algo necesariamente constante. La decisión anunciada por Pemex la semana pasada de detener nuevas actividades en aguas profundas, por ejemplo, se lee como un ajuste de la petrolera en el nivel de riesgo exploratorio que está dispuesta a tolerar. Es consistente, por cierto, de las recomendaciones de la Comisión Nacional de Hidrocarburos de hace unos años. En un contexto en el que a Pemex no se le permitía aliarse con otras petroleras para compartir los riesgos de los proyectos, la CNH advertía que este tipo de apuestas involucra riesgos en aguas profundas que, por su tamaño, se deberían repensar y limitar. Y también es consistente con los planes anunciados de enfocar la inversión de nuevos proyectos en un par de decenas de campos no sólo de-riskeados sino ya propiamente descubiertos, casi listos para producir.

Pemex está dando muestras claras de que quiere asumir menos riesgos en exploración y producción. Esto debería de abrir una conversación nacional sobre quiénes, entonces, podrían entrarle al quite en aguas profundas y otros plays exploratorios actualmente ociosos en nuestro país. Pero, desde la perspectiva de la empresa, tiene sentido: las épocas críticas no son el momento para elevar las apuestas.

¿Cómo se puede explicar la refinería de Dos Bocas en este contexto? La probabilidad de éxito exploratorio en aguas profundas, de 20% a 35%, considerando proyectos de algunos cientos de millones de dólares, fue lo suficientemente baja para hacer que Pemex se detuviera. ¿Por qué la probabilidad de éxito comercial de Dos Bocas, de un orden de magnitud más baja (2%, de acuerdo con el Imco) con una inversión de varios miles de millones de dólares no?

El modelo de negocios de la refinación, además, es muy diferente al petrolero. La apuesta aquí no es construir en serie, esperando que alguna de las plantas genere tanto dinero que pueda amortiguar las pérdidas del resto. Los refinadores aspiran a que ninguna de sus refinerías pierda dinero. Un 2% de probabilidades de éxito, en el sector refinación, se lee igual que 0.02% en el sector petrolero.

Queda clarísimo que Dos Bocas es una decisión de política, no de negocios. Hay más contexto por entender. Pero no debemos subestimar el daño que las señales malentendidas generan ante audiencias especializadas. Quizás el gobierno, y no Pemex, acaben pagando la refinería completa. Pero, en medio de una crisis, ¿cómo se explica pedirle a Pemex un repliegue en su perfil de riesgo en donde ha sido exitoso para apostarle a otro perfil de riesgo en donde no lo ha sido?

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell