Hace unos días, el presidente Enrique Peña Nieto reprochaba que la sociedad no logra valorar los cambios que ha experimentado México.

Fue un discurso ante los radiodifusores que sin duda inició la conmemoración oficial de la primera mitad de este gobierno que hoy llega a su fin.

Tiene razón el jefe del Ejecutivo cuando dice que a la mayoría de los mexicanos de hoy no les tocó vivir en otros tiempos de mayor convulsión. Ciertamente, no queda nadie que recuerde la condición social que desató la Revolución y somos ya minoría los que nos acordamos de las crisis económicas y financieras de los años 60, 70 y 80.

Pero lo que nadie puede perder de vista es que seguimos arrastrando la consecuencia de los viejos problemas que ha enfrentado este país. De la época posrevolucionaria arrastramos modelos políticos que no han evolucionado hacia una modernidad más democrática.

Por ejemplo, muchos sindicatos, cacicazgos estatales, prebendas políticas, pobres sistemas de combate a la corrupción, etcétera.

Y de las crisis de la segunda mitad del siglo pasado arrastramos a la población de un país, la cual más de la mitad vive en la pobreza. Nada más.

Todos esos lastres no cortados, esas cadenas arrastradas, se acumulan y se manifiestan en enojo, insatisfacción y el ascenso de personajes que se erigen como salvadores mesiánicos, desde dirigentes comunales hasta eternos candidatos presidenciales.

La primera mitad del gobierno de Peña Nieto fue de grandes contrastes, entre la habilidad política para sacar reformas constitucionales impensables hasta la muestra de novatez en muchos aspectos de la conducción pública.

Desde la mala fortuna de coincidir con tiempos financieros turbulentos propiciados por Estados Unidos hasta la suerte de quedar felizmente atrapados en la única recuperación económica del planeta, patrocinada también por Estados Unidos.

Es cierto que hoy México se ve mejor desde afuera que desde una butaca local. Debe ser una característica muy latina, porque a los españoles les pasa lo mismo: hoy se ven fatales, cuando han encabezado una de las reinvenciones económicas más notables del planeta. O muchos chilenos siempre tan inconformes con ser los líderes económicos de América Latina, etcétera.

Es verdad que hay cambios radicales en estos tres últimos años, pero algunos llegaron tarde y no por culpa del presidente Peña y su gobierno.

La reforma energética, por ejemplo, está en marcha después de que tras muchas décadas de irresponsabilidad se dejó quebrar de facto a Pemex. Y se buscan socios cuando no hay peor negocio que el petróleo.

La reforma educativa se dejó correr en manos de un secretario timorato, hasta que no se decidieron a poner uno del primer círculo que les dijera a los maestros que el gobierno está listo para el diálogo o para el uso de la fuerza y que ellos escojan.

La reforma en telecomunicaciones, con sus imperfecciones, es virtuosa por donde se le vea. Y la heredada reforma laboral también ha aportado a tener un marco regulatorio, al que le sigue faltando todavía una reforma fiscal que algún día llegará.

A pesar de ser priistas, esos que gobernaron ininterrumpidamente 70 años, muchos funcionarios de este gobierno dejaron ver su inexperiencia. Desde la cancelación abrupta de la política de vivienda sin un modelo sustituto, hasta la reacción tardía y equivocada en materia de comunicación en temas tan delicados como los estudiantes de Ayotzinapa, asesinados por asuntos del narcotráfico, o lo que los propagandistas opositores colocaron en el imaginario colectivo como la Casa Blanca.

Quizá para la segunda mitad de su gobierno, Peña Nieto pueda aplicar aquella de Aristóteles de que no hace falta un gobierno perfecto, sino uno que sea práctico.