Es común que a ratos nos preguntemos: “¿Por qué a mí? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tenían que cambiar todos mis planes y mis proyectos? ¿Por qué todo se detuvo? ¿Por qué todo se volvió tan incierto o tan oscuro?”. Todo lo que estamos viviendo tiene un propósito. Abramos los ojos del corazón para adentrarnos en el misterio y hacer que todo valga la pena.

“Mientras pintaba un fresco de la catedral de San Pablo en Londres, el pintor James Thornhill, en cierto momento, se sobrecogió con tanto entusiasmo por su fresco que, retrocediendo para verlo mejor, no se daba cuenta de que se iba a precipitar al vacío desde los andamios. Un asistente comprendió que un grito de llamada sólo habría acelerado el desastre. Sin pensarlo, mojó un pincel en el color y lo arrojó en medio del fresco. El maestro, estupefacto, dio un salto hacia adelante. Su obra estaba comprometida, pero él estaba a salvo”.

Éstas fueron las palabras del padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en la homilía de la celebración de la pasión de Cristo, presidida por el papa Francisco. “Así actúa a veces Dios con nosotros: trastorna nuestros proyectos y nuestra tranquilidad para salvarnos del abismo que no vemos”.

Este ejemplo retrata de alguna manera nuestra realidad antes de la tormenta. Dicho de otra manera, hemos vivido con una sobredosis de egoísmo que nos ha hecho ver sólo por nosotros y lo nuestro, sólo aquello que teníamos delante de nuestros ojos o para beneficio personal. En el camino nos fuimos desconectado de los demás, de la naturaleza, de Dios y de nuestra propia esencia. Ensimismados y volcados en nuestras rutinas, proyectos y ambiciones, nos olvidamos de una realidad más grande y corrimos el riesgo de caer en un precipicio que ni siquiera alcanzábamos a ver.

Desde esta perspectiva, todo lo que estamos viviendo es un regalo. Volviendo al ejemplo del pintor, “no es Dios quien ha arrojado el pincel sobre el fresco de nuestra orgullosa civilización tecnológica. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus!”, afirma el padre Cantalamessa, recordándonos que “la pandemia del coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el delirio de omnipotencia. Ha bastado el más pequeño y deforme elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos”.

“El otro fruto positivo de la presente crisis sanitaria es el sentimiento de solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, tan poco litigiosos, como en este momento de dolor? Nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado”, advierte el padre Cantalamessa.

En la misma línea y tal como nos ha exhortado el papa Francisco, “no debemos desaprovechar esta ocasión. No hagamos que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios hayan sido en vano. Ésta es la recesión que más debemos temer”.

Desde esta óptica, lo que a veces llegamos a considerar una tragedia se está convirtiendo en una oportunidad para revalorar todo, redefinir nuestras prioridades, reconectar unos con otros y resurgir juntos. Conscientes de la trascendencia de este momento excepcional, podemos hacer que cada minuto valga la pena, igual que el regreso a la vida comunitaria cuando todo esto pase. Si aprendemos la lección, seremos mucho más libres, más felices, más generosos y más dichosos.

Twitter: @armando_regil

Armando Regil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.