La posibilidad de una baja en la tasa de referencia queda descartada, pero tampoco hay claridad de que puedan tomarse medidas de restricción monetaria.

Hace no muchos años, desde la Secretaría de Hacienda y desde la misma Presidencia se presionaba al autónomo Banco de México para que bajara sus tasas de interés.

Por aquellos años, la inflación rondaba 4% con tasas de interés del doble. Con esos niveles de premio por mantener pesos se lograba ese eficiente control de los precios, al tiempo que se mantenía un peso altamente revaluado.

Las consecuencias fueron un desincentivo para el gasto y la inversión no financiera. Y políticamente un descrédito para los responsables de la política fiscal y del crecimiento económico que conlleva la creación de empleos y riqueza.

El Gobernador ortodoxo no logró con ello la gracia presidencial para la reelección y al despacho principal del banco central mexicano llegó este personaje que tanto pugnaba por un apoyo de la política monetaria al crecimiento económico.

Desde que Agustín Carstens ocupó la gubernatura del Banco de México, las tasas de interés empezaron a bajar sistemáticamente hasta llegar al nivel actual de 4.50 por ciento. Una tasa que durante algunos años resultó negativa frente a una inflación que repuntó durante algunos meses, pero que finalmente, producto de la desaceleración económica, se estabilizó alrededor de 3.5-4 por ciento.

La política monetaria optó por la neutralidad ante el balance de una inflación que no logra consolidarse en su meta de 3% anual, pero que tampoco sobrepasaba de manera notable la franja del más-menos un punto porcentual. Y al mismo tiempo con una economía que lograba una recuperación modesta pero constante tras los efectos de la gran recesión.

Hasta hace muy pocos meses, la discusión que se tenía al interior de la Junta de Gobierno del Banco de México era sobre la conveniencia de relajar la política monetaria y bajar la tasa de interés de referencia como una manera de lograr un impulso económico.

Eran meses, los primeros del año, en que la inflación mostraba bajas sorprendentes que la ubicaban en la meta de 3%, donde se mantuvo durante muchas quincenas.

Eran momentos en que la crisis europea amenazaba con extenderse al mundo y con ello la posible reincidencia de la economía en un escenario recesivo.

Los integrantes de la Junta de Gobierno discutían sobre esta posibilidad. El anonimato de las minutas nos impide saber quiénes fueron los conservadores que impidieron que se concretara la baja en las tasas de interés, pero la decisión fue no mover los niveles del premio que se paga a los que compren pesos.

En ésas estaba en banco central y todos los demás, cuando la ola expansiva de la crisis europea alcanzó al tipo de cambio mexicano que lo llevó desde los 11.80 hasta los 14 pesos por dólar y los aumentos mundiales de los precios de los alimentos, junto con la influenza aviar, presionaron los precios de la comida en México.

La inflación inició desde el segundo trimestre de este año un aumento constante que hoy ubica la medición general más cerca de 5% que de la meta eterna de 3 por ciento. Por lo tanto, la posibilidad de una baja en las tasas queda descartada. Pero tampoco hay claridad de que puedan tomarse medidas de restricción monetaria. Y es aquí donde interviene la Secretaría de Hacienda en los terrenos del banco central.

En su más reciente informe semanal, la vocería de esta dependencia –que está por cierto a punto de cambiar de mando– le pisa un callo al autónomo banco central disfrazando su expectativa con una clase de economía en su documento.

Indica Hacienda: la mejor contribución que la política monetaria puede hacer para fomentar el crecimiento económico sostenido es procurando la estabilidad de precios, ya que ésta revela las verdaderas condiciones de los mercados.

Se toma su tiempo para explicar lo dañino de la inflación y lo conveniente de no dejarla crecer.

No parece más que la inocente opinión de la dependencia encargada de administrar la política fiscal y que no debe interferir en la política monetaria.

Es mera casualidad que ahora parezca que el Ejecutivo le dice al Banco de México que no exagere con la laxitud en tiempos en que la inflación recupera su carácter de amenaza.

Este recordatorio de Hacienda al Banco de México de que su papel es contener la inflación es un zapatero a tus zapatos que ya entrados en los dichos de la abuela podría ser para Agustín Carstens una sopa de su propio chocolate.

ecampos@eleconomista.com.mx