La transición global energética hacia energías más limpias y la guerra por la supremacía tecnológica depende del abastecimiento y transformación de minerales como el litio. Por ejemplo, la industria automotriz ha experimentado un incremento acelerado en la demanda de autos eléctricos que funcionan con baterías de iones de litio cuya producción está altamente concentrada en un puñado de países. Mientras que la producción de litio se concentra en países como Australia, Chile, Argentina y China la de baterías esta dominada por Estados Unidos, Corea del Sur, Japón y China.

A finales de 2019 el gobierno de México confirmó la existencia de un yacimiento de litio en roca en Sonora que podría ser el más grande que se conoce en el mundo, según Mining Technology. Esta noticia despertó un enorme entusiasmo por el “oro blanco” y la posibilidad de desarrollar una industria integral alrededor del mineral. A menos de un año, la secretaria de Economía declaró hace unos días que el proceso metalúrgico para la extracción del ion de litio es ineficiente y muy caro, reduciendo las altas expectativas de los beneficios derivados de la explotación de litio.

El valor potencial de toda la cadena de valor en la producción de baterías, y la expectativa de que la demanda por litio aumente durante los próximos 10 años, ha llevado a Europa a cambiar la forma en la que promueve la infraestructura relacionada para poder competir con China y los Estados Unidos. Las iniciativas van desde crear plantas para la producción de baterías en Francia y Suecia hasta revivir las minas de litio en Cornwall, Reino Unido, incluyendo proyectos para hacer la extracción de materiales sustentable.

Adicionalmente, la pandemia del coronavirus va a acelerar los esfuerzos de los principales consumidores de litio y de baterías para diversificar su abastecimiento. La disrupción de las cadenas globales de suministro está acelerando la inversión para desarrollar cadenas de suministro locales.

La oportunidad para México sigue ahí. Asumir que el país no es capaz de explotar un recurso natural porque no tiene tecnología eficiente ni la capacidad para desarrollarla podría resultar en soluciones de corto plazo, como el otorgamiento de concesiones a empresas extranjeras, que, si bien producirían un beneficio inmediato, no ayudan a promover la creatividad, innovación y el desarrollo de habilidades necesarias para el desarrollo industrial y económico del país.

El Estado debe liderar los esfuerzos para implementar una política industrial que propicie que técnicos mexicanos – científicos, ingenieros, administradores – trabajen y resuelvan problemas para evitar la pérdida del valor agregado en el proceso de producción y de las habilidades necesarias para una independencia tecnológica, y en este caso energética, del país.

Desarrollar una industria mexicana sustentable que permita explotar el litio y producir baterías podría contribuir a la actual política orientada a la autosuficiencia energética con el potencial de convertirse en la referencia para el desarrollo tecnológico en otros sectores.

Es claro que México va tarde en la carrera para unirse a la industria post-carbono, lo cual puede ser una ventaja al beneficiarse de las experiencias de otros países. Sin embargo, la opción entre convertirse meramente en un proveedor de materia prima o en un jugador en la industria integral alrededor del litio, y de otros recursos materiales, tendrá implicaciones significativas para la economía del país, la generación de empleos y el desarrollo del papel del Estado como creador de valor que podría replicarse en otros sectores.

finanzas@eleconomista.com.mx

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

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