No hay nada malo en querer posicionar a México como destino atractivo para la inversión extranjera. En el mundo globalizado, es la apuesta de todos los países para ganar una participación mayor de la economía mundial.

El gobierno del presidente Peña está haciendo bien su parte y prueba de ello son los reconocimientos de la prensa internacional y el ascenso en la calificación otorgado por la agencia Moody’s.

Evidentemente, eso no es suficiente. Se requiere del trabajo interno para remover obstáculos y generar condiciones para el crecimiento.

Entre las múltiples reseñas y opiniones sobre los 20 años del TLCAN, la constante es enfatizar el desencanto porque México no alcanzó el nivel de desarrollo anunciado a la firma del acuerdo comercial. Lo que se indica menos es el grado de responsabilidad que como país tenemos en tal resultado.

Si México no se convirtió en la potencia que se esperaba fue por la falta de cambios en el ámbito doméstico. En un interesante texto para el Financial Times, John Paul Rathbone califica de fundamental importancia para el desarrollo del país la enorme lista de reformas microeconómicas que dejaron de hacerse al mismo tiempo que se embarcaba en la transformación macroeconómica .

Desde la liberalización de los mercados energéticos, la ruptura de oligopolios locales, el sistema educativo o la informalidad laboral. Hoy estamos atendiendo al fin los temas postergados dos décadas. Pero igual que entonces, los grandes temas estructurales están acaparando la atención y aún falta completar la tarea legislativa.

En este escenario, aparecen al menos tres factores de riesgo que pueden descarrilar las nuevas reformas: 1. la inseguridad y la violencia; 2. las resistencias internas a los cambios: poderes fácticos que impiden implementación, y 3. la corrupción sistémica que sabotea las mejores leyes. Todos ellos, temas que inciden en nuestra productividad.

No hay caminos alternos. Si queremos ganar peso en la competitividad de América del Norte, la tarea nos toca a nosotros. El Estado de Derecho, las reglas claras para todos y las sanciones parejas al incumplimiento son buena ruta.

Por cierto, leo en el New York Times que el presidente quiere abrirse al mundo. Necesitamos que una porción mayor de los enormes capitales invertidos en los países emergentes venga para acá . Lo dijo François Hollande. Hasta los presidentes socialistas buscan promover a su país en el exterior.

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